Los días 17 y 24 de octubre, el Planetario de Huechuraba será escenario de Latitudes inmersivas, una muestra del Foro de las Artes 2026, organizado por la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo de la Universidad de Chile. La selección reúne obras de arte digital de Chile y Argentina en formato fulldome, que invitan a habitar otros mundos posibles y a cuestionar tanto nuestra mirada antropocéntrica como las identidades que construimos en entornos digitales que no controlamos por completo.
Una pantalla que deja de estar frente a nosotros para rodearnos por completo; imágenes que se extienden sobre una superficie hemisférica y sonidos que ayudan a construir una experiencia envolvente. En el formato fulldome, el público se instala bajo una cúpula para quedar inmerso en un universo visual y sonoro que altera la percepción del espacio. La imagen no solo se observa: también se habita.
En Chile existen tres lugares con pantallas de este tipo: el Planetario Usach, en Estación Central, inaugurado en 1985 y con una cúpula de 20 metros de diámetro; el Planetario Municipal Mamalluca, en Vicuña (región de Coquimbo), abierto en 2022 y con una cúpula de 10 metros; y el Planetario de Huechuraba, inaugurado en 2024, con una cúpula de 12 metros. Este último cuenta, además, con el software astronómico Digistar 7 y dos videoproyectores equipados con lentes fisheye (gran angular), que permiten generar una sola imagen continua y envolvente sin ninguna distorsión.
Allí se presentará Latitudes inmersivas, una muestra que por primera vez reúne obras de arte digital creadas en Chile y Argentina como parte del programa del Foro de las Artes 2026, de la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo de la Universidad de Chile. Su curador es el artista Diego Escares, alias Infra, quien lleva más de un año trabajando en el Planetario Huechuraba como productor y operador. “Mi primer festival fue Küze Fulldome, donde pude exhibir mis primeras obras en ese formato, lo que me dio la suficiente visibilidad para seguir experimentando, aprendiendo y quedarme trabajando aquí”, cuenta el artista sobre el encuentro pionero organizado en 2019 por Küze, Delight Lab y Planetario Usach, que le abrió las puertas a este campo de creación.
“Siempre digo que me topé con este universo. No es que yo lo haya creado, sino que a través de las fórmulas matemáticas que voy ingresando se va autogenerando”, explica Infra. La idea de una obra que emerge de la interacción entre parámetros y algoritmos desplaza la imagen del artista como creador absoluto y abre la posibilidad de una coautoría con una entidad digital. También deja el espacio para la exploración y la aparición de resultados inesperados dentro de un sistema.

Infra trabaja con fractales, objetos matemáticos cuya estructura básica, fragmentada o irregular, se repite a diferentes escalas. Con ellos crea universos simétricos en expansión, que permiten al espectador introducirse en una especie de arquitecturas oscuramente fascinantes, que tienen una estética de paradoja, como los modelos infinitos del artista neerlandés M.C. Escher, pero incorpora un componente orgánico que recuerda a las criaturas biomecánicas del suizo H.R. Giger. “Me interesa sacar al espectador de su realidad y transportarlo a esta realidad alterna, pero transmitiendo que el método con el que está creado nuestro universo es el mismo que yo utilizo para crear ese otro mundo”, dice Infra, quien llegó al arte desde la programación y la ingeniería.
En ese paso encontró una conexión entre los patrones fractales de su universo digital y aquellos presentes en ríos, montañas, flores y organismos vivos, que le permitió entender la tecnología no como algo opuesto a lo natural, sino como una extensión de la capacidad humana para observar, interpretar y reproducir estructuras. “La naturaleza tiene todos estos patrones fractales que han evolucionado en el tiempo. Al final todos los seres que estamos en el universo somos el resultado de miles y miles de iteraciones a través del tiempo. Si lo vemos así, entonces todos los seres vivos somos productos de un fractal”, dice el artista.
Actualmente, Escares trabaja en el desarrollo de herramientas propias, combinando programación, conocimientos de ingeniería y procesos asistidos por inteligencia artificial para producir nuevas visualidades. Allí aparece la pregunta por la IA y la autoría: si los resultados emergen de sistemas complejos y automatizados, ¿dónde se sitúa la decisión artística y el control? La experimentación artística abre caminos, pero también obliga a preguntarse qué se delega, qué se conserva y qué significa elegir en medio de posibilidades prácticamente ilimitadas. “Nuestra relación con la tecnología también es parte de un fractal. A pesar de ser algo muy tecnológico, muy técnico, no deja de ser una invención humana, una extensión de nosotros mismos”, dice Infra.
Una de la obras que presentará en Latitudes inmersivas es THE INFRANET, una experiencia que invita a recorrer un mundo abstracto en blanco y negro, de resonancias tecnológicas y cyberpunk. Allí, los patrones y las formas no tienen una narración lineal ni transmiten un mensaje que deba descifrarse, sino que su fuerza reside en abrir una experiencia sensorial para que cada espectador construya su propio recorrido.
Escares también realizará una residencia en el planetario para desarrollar FractalStudio: Tiempo de render, una pieza en la que generará fractales en tiempo real y que se exhibirá el sábado 24 de octubre. Las argentinas Joaquina Salgado y Nina Corti (QOA) participarán igualmente en una residencia. El sábado 17 exhibirán Nivel V – Oscilación Líquida, una obra que sumerge al espectador en un espacio donde los puntos de referencia se pierden produciendo un vértigo visual. Luego, el sábado 24 presentarán Aniquilación y amanecer, creada durante la residencia, obra en la que exploran la memoria, la destrucción de civilizaciones y el nacimiento de nuevos entornos habitados.
Dentro de la programación también destaca NiCTINASTIA, del dúo de artistas chilenos radicados en Valdivia, Hypereikon, cuyos integrantes investigan las fronteras difusas entre lo orgánico y lo digital en la era posthumana, creando paisajes audiovisuales que cuestionan las narrativas antropocéntricas sobre la naturaleza; 13 GALACTIC TONES, de los chilenos Oktopus Art Studio, una obra sobre la energía cósmica que mueve el mundo bajo la premisa de que somos “energía informada” que actúa bajo las órdenes de los ciclos universales; y PMR [prototipo], del argentino Lucas DM, una obra colorida que aborda la distorsión temporal, la organización y la sincronización de estímulos sensoriales.
Si bien la mayoría de las obras de Latitudes inmersivas invitan a recorrer universos abstractos, otras articulan relatos sobre identidades fabricadas y cuerpos atravesados por dispositivos y futuros posibles. En todas, eso sí, la inmersión ofrece una oportunidad para cambiar de perspectiva, aunque el sentido de esa experiencia depende de las decisiones artísticas que la sostienen.
Un buen ejemplo es Log into your life, la obra de las argentinas Motia —dúo integrado por Julia Posadas y Gimena Federici— y Nait Saves —Sofía Lecuona—, quienes proponen una historia que parte de una realidad reconocible y cotidiana: la construcción del “yo virtual”. La obra sigue la historia de una mujer que debe “entrar en una sesión” y “configurar su avatar” con datos biológicos y emocionales para poder vivir su vida digital. Así, el espectador recorre los recuerdos, pensamientos y sueños de esta identidad dual.
Aunque la obra original dura 20 minutos y ha sido exhibida en los festivales MUTEK de Argentina y Canadá, en el Planetario Huechuraba sólo se presentarán sus cinco minutos finales, que es el gran capítulo final de la historia.
“¿Qué parte de mí soy yo si mi yo digital vive una vida que no experimento?” es una de las preguntas que plantea la obra, desarrollada en 2024 e inspirada en el libro El hombre postorgánico, de la antropóloga Paula Sibilia. La pregunta alude no solo a la autenticidad de los perfiles en línea, sino también a la manera en que los dispositivos y las plataformas participan en la construcción real de nuestros deseos, vínculos y memorias.
“La tecnología no es neutral en nuestro proceso de vida. Siempre influye mucho en la forma de relacionarnos, en la forma de cómo somos, de cómo consumimos, de cómo nos relacionamos, cómo vivimos”, señala la diseñadora gráfica Julia Posada, integrante de Motia junto a Gimena Federici, a quien conoce desde la facultad. “El cuerpo ya no es simplemente una entidad biológica, sino un nodo enredado, una compleja red de tecnologías y dispositivos que lo redefinen constantemente”, agrega Posada.

El equipo trabajó con un personaje real, fotografiado y escaneado para trasladarlo al espacio tridimensional, y utilizó herramientas de inteligencia artificial para producir imágenes de una vida ficticia. El procedimiento hace que la propia fabricación de las imágenes dialogue con el tema de la obra: la tecnología que permite inventar una existencia también vuelve más difícil distinguir entre lo documentado, lo imaginado y lo generado.
“La existencia del ser humano se constituye a partir de distintas tecnologías epocales y hoy, particularmente en la época de la IA, la mente adquiere un carácter cada vez más público y accesible. O sea, de alguna manera, lo orgánico se va diluyendo. Eso lo graficamos visualmente con loops generativos usando la misma IA”, explica Posada.
Otro elemento importante en la construcción de este mundo es el sonido, trabajado por Sofía Lecuona, conocida como Nait Saves, quien comenzó a colaborar con Motia para esta pieza después de coincidir en Amplify, una residencia para artistas mediales de la British Council en Argentina. “Conectamos por el lado de las narrativas inmersivas, las tres contamos historias a través de la imagen, el sonido, el texto y el espacio”, dice la compositora y paisajista sonora.
“Algunos de mis referentes de film score contemporáneo son Ólafur Arnalds, Ben Frost, Ryuichi Sakamoto, Floex y Hania Rani. Me interesan especialmente por sus aptitudes para crear atmósferas envolventes y emotivas fusionando ambient, música clásica y electrónica de vanguardia. Y porque la música de ellos se siente como un espacio sonoro o entidad en sí misma”, cuenta Nait Saves. “Mi obra siempre tiene una búsqueda conceptual; me interesan temáticas como la metamorfosis personal, la imaginación de futuros más habitables, la creación de mundos y mitologías”, agrega.
En Log Into Your Life, esa búsqueda se conecta con una preocupación que atraviesa también el relato visual: el desequilibrio producido por el uso desmedido de la tecnología. “La Tierra está desregulada por los constantes saqueos de los recursos, y a la humanidad le está pasando lo mismo”, plantea Nait Saves. Si la extracción de recursos altera los sistemas naturales, sostiene, la extracción de datos y de trabajo físico e intelectual también consume la energía de las personas.
En ese contexto, la pregunta por los límites no se resuelve simplemente rechazando la tecnología. Tanto el trabajo de Nait Saves como el de Motia utiliza herramientas digitales para examinar críticamente el mundo que esas mismas herramientas ayudan a producir. La tensión es productiva: crear con tecnología sin dejar de preguntarse qué relaciones, deseos y formas de dependencia se construyen a través de ella.
“Fue muy loco cuando empezamos a ver las capacidades de la IA, el nivel de rapidez generativa que tiene y lo fácil que era tenerla al alcance. O sea, era decir: “Che, mirá lo que estamos pudiendo hacer nosotras, desde un pueblo de la Argentina”. Y también nos sentimos apabulladas por esta tecnología. Como que por momentos nos desfasamos, se nos sale de control y al final terminas pegada todo el día en la computadora creando y pensando sobre estos temas. Por supuesto que nos interpela y por eso lo ponemos sobre la mesa”, dice Julia Posada, de Motia.
La fragilidad de la memoria digital es otro de los temas que atraviesan Log Into Your Life. Una parte cada vez mayor de la vida queda almacenada en teléfonos, plataformas y sistemas cuya permanencia damos por sentada. Sin embargo, perder un dispositivo o dejar de tener acceso a una cuenta puede significar también perder fragmentos de nuestra historia. “Es muy fuerte, porque vos, si vas a los noventa, todavía guardábamos y hacíamos las fotos, las imprimías. En cambio, en esto se cae un sistema y perdemos todo”, reflexiona. La comparación no implica que la memoria analógica sea infalible, sino que hoy vivimos una vulnerabilidad muchas veces invisible: pareciera que todas nuestras imágenes y recuerdos estarán disponibles para siempre, pero lo cierto es que dependemos de infraestructuras que ni nos pertenecen ni podemos controlar del todo.