Hasta el 31 de enero, "Espectro de Montaña" permanece abierta en la Galería Gabriela Mistral: una exposición en la que Elisa Balmaceda amplifica señales del territorio y las convierte en un circuito sensible donde paisaje, ciudad y memoria se interpenetran. Este artículo propone una lectura desde el cruce entre cosmología andina, repetición ritual y descomposición de la señal (Transformada de Fourier), y culmina en una caminata solsticial hacia el cerro Chena como gesto de reconexión entre cuerpo, territorio y tiempo.
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“Las cosas son polos estáticos estabilizadores de la vida. Esa misma función cumplen los rituales. Estabilizan la vida gracias a su mismidad, a su repetición. Hacen que la vida sea duradera.”
—Hans-Georg Gadamer
Todo comienza en 174°: una regla silenciosa para la construcción del espacio en la geografía sagrada andina. Un ángulo que opera como código: un territorio encriptado y, al mismo tiempo, un espacio de resolución. En él se despliega una danza de frecuencias que se alinean y organizan para coexistir en su propio orden temporal. Allí, donde tiempo, señal y frecuencia se entrelazan, se revela la conexión entre la cosmología andina y la estructura básica que subyace al interior de la ciudad de Santiago.
En su exposición Espectro de Montaña, inaugurada el 19 de diciembre en Galería Gabriela Mistral, Elisa Balmaceda rescata el valor que la cosmovisión andina otorgó a lo perpetuo: aquello que yace en la geometría y la edificación de lo sagrado en el mundo andino. Desde ahí, la artista pone énfasis en los lugares sagrados y en la relación con el entorno y sus ciclos; en el anclaje entre el paisaje y el cosmos —reflejado en la trama urbana de la ciudad y en los calendarios— y, a la vez, en la conexión entre el cielo y la tierra.
En la piel de un paisaje que quisiera olvidar su propia historia, se marcan las huellas de un territorio lacerado, cargado con gotas de un pasado andino tatuado de la cabeza a los pies. Las montañas son el lugar desde donde comienza todo. Erigidas por la energía telúrica, conducen y emiten –en su propia frecuencia– una conexión eterna con el cosmos.
Esta misma energía, constante e inagotable, es la que ha sido amplificada por Balmaceda. Así, al ingresar en la galería comenzamos de inmediato a existir en una tranquilidad y un silencio apenas interrumpidos por ciertas vibraciones. Aunque, en rigor, más que una interrupción es un complemento, una voz tenue que relata, lentamente, una historia ya vivida; un relato cuyo final suponemos conocer al revés y al derecho.
Se trata de hilos que organizan y tejen una trama imperecedera: flora y fauna, cada ciclo solar, ángulos, puntos y líneas. En esa trama se inscribe, a su vez, el eje de 24° que orienta la línea imaginaria andina –o ceque– proyectada desde el cerro Chena, en la zona sur de Santiago, y su huaca (pukará), que atraviesa la geolocalización de la Galería Gabriela Mistral y se conduce hacia la Plaza de Armas. Gestos que reafirman la existencia de un entramado sagrado: una red de correspondencias que atraviesa la cosmovisión andina y sostiene, en su repetición, un principio de durabilidad que se despliega a lo largo de este proyecto.
Desaparecen las incógnitas, y nos acercamos a la posibilidad de una respuesta. Unos pasos más hacia el fondo aparecen (otras) líneas de lectura: un espacio íntimo donde hallamos los primeros vestigios del origen de las frecuencias captadas por la artista. Se trata de un video que no ofrece respuestas cerradas, sino que despliega las que hacen falta para seguir escuchando ese relato de vivencias del pasado/presente. Las dudas se diluyen entre datos que emergen y se entrelazan: naturaleza, animales, gestos de la acción humana, fragmentos de arquitectura andina que, en medio de zonas industriales, se superponen y resuenan.
Todo parece conducir hacia una explicación que se insinúa, sin llegar a fijarse del todo. En medio de grados, frecuencias, repetición y diferenciación, la artista revela cómo una señal que aparenta ser una unidad está, en realidad, compuesta por múltiples capas y variaciones, susceptibles a ser desarmadas, reordenadas y recuperadas. El tránsito va del caos a la alineación, de lo informe a la estructura, transformada y amplificada en el interior de la galería, donde el territorio deja de ser un fondo distante para convertirse en una presencia activa, resonante y compartida.

En este tránsito entre tiempo, señal y frecuencia se sitúa la segunda sala, concebida por la artista como “una sola obra” que, sin embargo, se despliega en diversas instalaciones –o etapas de un circuito– en alusión a las distintas capas de la frecuencia que amplifica y a los elementos que orientan esas vibraciones. Bajo esta noción de unidad estratificada se hacen visibles también las bases de la Transformada de Fourier: una fórmula matemática que funciona como espejo de la construcción estética y conceptual de Balmaceda y que nos recuerda que toda señal continua –por compleja que parezca– puede comprenderse como la superposición de múltiples frecuencias elementales.
De esta forma, la antena de alambre de cobre, instalada en la galería, funciona como cuerpo sensible: capta y amplifica el campo electromagnético en el espacio presente de la sala de exhibición, mezclándolo con vibraciones registradas en el cerro Chena en la periferia de Santiago, y traslada al centro de la ciudad, un espectro sonoro que descompone la linealidad del tiempo. Siguiendo esta idea aparecen piedras, plantas, luces, reflectores, pantallas, espejos y distorsiones visuales; ciclos solares, objetos encontrados, tierra y acero. Son elementos que construyen las distintas etapas de la instalación y que, al mismo tiempo, actúan como agentes responsables de modificar la frecuencia de la señal. Dicha señal, al reconfigurarse en el espacio expositivo, pasa a ser un archivo en devenir que carga consigo la historia, la memoria y la arquitectura sagrada de los pueblos andinos.
Pero vamos a explicarlo con peras y manzanas. Lo necesito –para entenderlo yo también–: se trata de un concepto con el que me familiaricé hace apenas unos días y que, entre las fiestas de fin de año y los pendientes que se acumulan tan rápido como los mensajes sin abrir en WhatsApp, poco pude estudiar. Aun así, desde el momento en que supe de su existencia no pude dejar de pensar en la relación, y en la conexión, que se abría entre esta operación matemática y la exposición que había visitado ese mismo viernes, apenas unas horas antes. Coincidencias o no, volvamos.
Según la Transformada de Fourier, si imaginamos una señal –un sonido, una vibración, una energía captada, en este caso, desde las montañas–, podemos pensarla como una construcción hecha a partir de muchos bloques. A simple vista parece una forma continua e indivisible, pero en realidad está compuesta por piezas más pequeñas y regulares. Esas piezas son, como me explicó un amigo muy querido, ondas sinusoidales: oscilaciones simples y repetitivas, casi elementales que pueden extenderse infinitamente.
En este sentido, la Transformada permite justamente desarmar esa construcción, separar cada uno de esos bloques y espectros, y observar de qué está hecha la señal: eso es lo que Balmaceda materializa a través de las distintas etapas. En lugar de analizarla sólo como algo que ocurre en el tiempo –cómo sube y baja, cómo fluctúa–, nos permite trasladarla al dominio de la frecuencia y reconocer qué vibraciones la componen, qué elementos inciden en ella, cuáles se manifiestan con mayor intensidad y cuáles apenas susurran.
Así, tras un par de googleadas, pude comprender que la montaña representa un centro de emisión continua y variable: un campo complejo de vibraciones donde confluyen interferencias electromagnéticas naturales, resonancias telúricas, ruido atmosférico y vestigios de la actividad humana –infraestructura, redes y flujos de energía–. Es en este punto donde la Transformada y sus espectros irrumpe como una operación de revelado, permitiendo que el paisaje se manifieste no solo como imagen, sino como presencia sonora: una resonancia que atraviesa ciclos solares, cuerpos, espacio y tiempo.

De esta forma, en un gesto de aproximación sensible a las frecuencias vibracionales que se manifiestan durante el ciclo solar, el equipo de mediación de la Galería Gabriela Mistral impulsó la “Caminata Solsticial: Ceque Pucará Chena”, una acción de carácter ritual realizada pocos días después de la inauguración de la muestra de Balmaceda.
El recorrido, iniciado cerca de las 18:00 horas, fue guiado por Samuel Yunpanqui (agrupación Jacha Marka), en compañía de la propia artista, junto a Allyson Gamonal, Catalina Fernández, Eduardo Vega y Emilio Terán. Más que un simple desplazamiento, se configuró como una experiencia inmersiva y sensorial: una instancia de reconexión con el territorio a través de ejercicios de observación y escucha vinculados a prácticas ancestrales y contemporáneas de medición solar, orientados a reactivar la relación entre cuerpo, territorio y señal.
En el trayecto hacia el cerro Chena –como suele ocurrir en esas extrañas casualidades de la vida– Elisa se sentó a mi lado. En medio del taco que comenzaba a formarse cerca de las cinco de la tarde, fue fluyendo una conversación atravesada por la calma del desplazamiento, el calor propio de diciembre y las preguntas que aún persistían en mi cabeza tras haber visitado por segunda vez la muestra. Con gran generosidad y paciencia, la artista fue aclarando muchas de mis dudas sobre las instalaciones en la galería: los objetos, sus disposiciones, las relaciones entre unos y otros. ¡Por dios, qué manera de hacer preguntas!. Aun así, ella atendió a cada una con total amabilidad.
Mientras seguíamos avanzando por la autopista, me comentó que, durante su infancia y adolescencia, vivía en las cercanías de ese cerro y que su familia pertenece a ese lugar. A partir de ese relato comenzaron a desplegarse otras relaciones con el entorno: lo que implica crecer en ese contexto, las experiencias de habitar el vaivén constante entre la ciudad y los cerros, respirar ese aire tan particular, atravesado por una cuota característica de misticismo que comparten lugares como Calera de Tango, Talagante, El Monte, Melipilla y sus alrededores. Y, claro, no hizo falta explicarlo mucho más: entre personas de campo nos entendemos bastante bien.
Durante las últimas décadas hemos sido testigos de la transformación del paisaje, atravesado por curiosidades y contradicciones: torres de alta tensión y antenas incrustadas entre colinas y pastizales; un zumbido que ya forma parte de ciertos cerros, desbordados por la carga que sostienen; y un entorno progresivamente –cada día más– industrializado. A ello se suman las micros que nunca pasan, el calor persistente de esas zonas, los árboles, las plantas medicinales, las vacas, los caballos, el aire que se respira con mayor amplitud y la posibilidad de mantener una distancia adecuada con la ciudad.
Ni tan lejos ni tan cerca. Lo justo y necesario para saber de dónde se viene y comprender hacia dónde se va.
Todo ello es, precisamente, lo que otorga un sentido aún más profundo a esta exhibición. Los cuestionamientos y reflexiones de la artista orbitan ese territorio de origen y, en ese gesto, se revela el respeto con que Balmaceda formula su propuesta.
Espectro de Montaña es el resultado de los signos que la artista supo investigar, leer e integrar a su proceso creativo –acompañado de un gran equipo de colaboradores–, la configuración de la resistencia a soltar su memoria arraigada en esas tierras. Un acto de resguardo hacia ese territorio y una voluntad persistente por comprenderlo y explorarlo, por desgranarlo hasta sus capas más profundas.
Esta muestra implica un retorno al territorio que se expande más allá de la materia y que, al hacerlo, afina su escucha hasta sintonizar con su vibración. Una comprensión que no busca rescatar un pasado que ya no está, sino tomarlo como una señal para reencontrarnos con una frecuencia que, en realidad, nunca desapareció.

Texto de sala. Carolina Castro Jorquera. Espectro de Montaña. Galería Gabriela Mistral.
Byung-Chul Han (2022). La desaparición de los rituales. Herder, Buenos Aires, Argentina.
Hans-Georg Gadamer (1991). La actualidad de lo bello. Paidós, Barcelona. (Citado en Han, 2022).
Antoine de Saint-Exupéry (2017). Ciudadela. Alba, Madrid. (Citado en Han, 2022).
Lugar: Galería Gabriela Mistral, Alameda 1081, Santiago
Fechas: 19 de diciembre al 31 de enero 2026.
Horario: Lunes a sábado, 10:00 a 18:45 horas
Entrada: Liberada
Colaboradores: Luis Balmaceda, Fundación Código Ándino, Samuel Yupanqui.
Equipo de trabajo: Marykarla M. Olivares (producción) / Carolina Castro Jorquera (texto curatorial) / Estudio Femur (construcción andamiajes) / Emilia Martín (realización audiovisual) / Constanza Barrios (diseño gráfico)
Link al Programa Público

Artista visual, escritora e investigadora independiente. Licenciada en Artes por la UFT (2018) y Magíster en Artes por la Universidad de Chile (2022), actualmente cursa el Doctorado en Historia y Teoría de las Artes en la Universidad de Buenos Aires. Desde 2023 trabaja como asistente de investigación en Plataforma Arte & Medios, iniciativa chilena dedicada a los cruces entre arte, ciencia y tecnología. Ha presentado sus investigaciones en la XI Conferencia MediaArtHistories, Festival Internacional de la Imagen (Colombia), las V Jornadas Nacionales del Departamento de Filosofía (UBA, Argentina), el I Congreso de Archivos Audiovisuales de Arte (Argentina) y el I Congreso Corporalidades Sociales (España). Su trabajo artístico ha sido parte de exhibiciones como Escenas de lo virtual (Galería Espora, 2022), La comedia humana (MAC, 2022), Volver al futuro. 50 años UP (Galería Nemesio Antúnez, 2021), Artespacio Joven (Galería Artespacio, 2021) y Habitar hoy en Chile (Galería D21, 2020), entre otras. Es coautora de Volver al futuro. 50 años UP (Oxímoron, 2023), y en 2024 participó de la publicación Cuerpos en tránsito: explorando intersecciones emergentes y raíces culturales (Dykinson, España). Asimismo, ha escrito sobre artes mediales en Chile y el extranjero, colaborando con medios como Artishock, La Voz de los que Sobran, El Flasherito y PAM.



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