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Denisse Espinoza
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En su segunda versión, el evento organizado por el colectivo Canal Alpha llegará a las estaciones San Pablo, Ñuble y Quinta Normal del Metro de Santiago los días 19, 20 y 22 de mayo, con instalaciones, performances, arte sonoro y experiencias tecnológicas que buscan sacar las artes mediales de su nicho. Tres artistas revisan aquí sus obras, mientras Jaime Cid-Lara, uno de los organizadores, reflexiona sobre el lugar del arte medial en Chile.

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“Toda tecnología funciona como una extensión del cuerpo humano”, postulaba el filósofo y teórico de los medios Marshall McLuhan en los años 60, aludiendo a cómo herramientas —desde la rueda hasta los medios electrónicos— amplifican el alcance de nuestros sentidos y actúan como prótesis modificando nuestra interacción social y física. Décadas más tarde, pensadores como el teórico de la cultura digital y artista plástico ruso Lev Manovich, entenderían las artes mediales no solamente como un cruce entre arte y tecnología, sino como una forma de leer críticamente la cultura contemporánea y sus sistemas de información, percepción y control. Entre estas dos grandes ideas se mueve el Festival Onda Expansiva, que por segundo año consecutivo reúne instalaciones, performances, arte sonoro, realidad virtual y residencias artísticas de creadores mediales, esta vez en estaciones del Metro de Santiago.

La locación no es trivial, sino un decisión profundamente política, ya que no sólo implica insertar obras experimentales en uno de los lugares de circulación más intensos de la ciudad, sino que supone, además, desplazar las artes mediales fuera de sus territorios habituales: museos, galerías, universidades y circuitos especializados. Organizado por el colectivo Canal Alpha —activo desde 2022-, el evento nació justamente de la incomodidad de que las artes mediales en Chile continúen siendo un lenguaje encerrado en sí mismo, demasiado dependiente de los códigos académicos y distante de la experiencia cotidiana.

Así, esta segunda edición del festival se realizará el 19, 20 y 22 de mayo en las estaciones San Pablo, Ñuble y Quinta Normal, con más de treinta artistas seleccionados a través de una convocatoria pública, quienes desplegarán sus proyectos que cruzan tecnología, cuerpo, sonido, visualidad y pensamiento crítico bajo una curatoría titulada Conexiones.

Según cuenta Jaime Cid-Lara, compositor, artista medial y uno de los fundadores de Canal Alpha, la idea del festival surgió mientras cursaba el Magíster en Artes Mediales de la Universidad de Chile, donde, junto a otros compañeros, se preguntaron: “¿Por qué las artes mediales siguen siendo tan difíciles de explicar?”. La respuesta fue crear el colectivo Canal Alpha como una plataforma de gestión, experimentación y mediación cultural que, con el tiempo, dio paso al Festival Onda Expansiva. Actualmente, el colectivo está conformado por Jaime Cid-Lara, Mariela Llovet, Marcela Quesille y Claudio Saitz, todos provenientes de distintas disciplinas y formados en artes mediales. “Incluso antes de entrar al programa, yo ya hacía artes mediales, pero no sabía que se llamaba así”, revela Cid-Lara, cuyo recorrido no proviene de las artes visuales tradicionales, sino de la música, la programación y el desarrollo de videojuegos.

“El festival aparece porque sentíamos que las artes mediales tienen un potencial enorme para conectar con públicos amplios, pero estaban encerradas en nichos muy específicos”, explica el artista. “Nos interesa esa triple ganancia: que ganen los artistas, que gane el colectivo y que gane también la gente que quizás nunca ha escuchado hablar de arte medial”.

La primera edición de Onda Expansiva se realizó en 2024 en el Museo de la Educación Gabriela Mistral y reunió instalaciones, conciertos, videoarte y talleres abiertos. Pero esta nueva versión desplaza el evento al Metro de Santiago, un gesto que modifica radicalmente la relación entre obra y espectador. Aquí el público no llega necesariamente buscando arte: lo encuentra en medio de la rutina. “Nos interesa que alguien vaya camino al trabajo y de pronto se tope con algo extraño”, dice Cid-Lara. “Que pueda decidir libremente si detenerse o no, pero que la experiencia ocurra igual. Que exista esa interrupción”.

La curatoría Conexiones funciona como una especie de paraguas conceptual para obras muy distintas entre sí, tanto en materialidad como en formato. Desde alfombras infantiles de los años 90 y tejidos de algodón, hasta el uso de madera, soportes publicitarios LED de la red de transporte y la captura de vibraciones estructurales de los propios andenes, estos elementos cobran vida a través de videoinstalaciones, mapping, performances, realidad virtual inmersiva, sonido generativo y biomáquinas tejedoras que funcionan mediante ciclos de trabajo híbridos. A través de este despliegue, las obras abordan temas fundamentales como la memoria colectiva y el juego como moldeador de utopías, la reflexión sobre las infraestructuras de control y la manipulación del territorio, la relación sismológica entre el cuerpo y el poder político, y la transformación del espacio público en un canal de libre expresión ciudadana. Lo común no es un estilo, sino una pregunta por las formas contemporáneas de vinculación entre cuerpos, tecnologías y sistemas urbanos.

En esa lógica, el Metro aparece como un territorio expositivo idóneo: un lugar donde miles de cuerpos se rozan diariamente sin mirarse demasiado, atravesado también por la ansiedad, la circulación de datos, sonidos y otras señales invisibles.

Cuerpos, señales y materias invisibles

Ese interés por las capas ocultas de la ciudad aparece con fuerza en la obra de uno de los artistas de esta versión, Oliver Robles (1996), estudiante de Artes de la Universidad de Chile, cuyo trabajo combina arqueología tecnológica, electromagnetismo y escucha expandida. Su obra para Onda Expansiva titulada Proyecto imposible, consiste en instalar una antena en estación Ñuble capaz de captar y visualizar en tiempo real ondas electromagnéticas producidas por el entorno.

El proyecto nació a partir de una antena abandonada que le fue donada por un profesor de la Universidad Tecnológica Metropolitana. Fabricada en los años ochenta para un canal de televisión, la pieza fue restaurada manualmente hasta recuperar su capacidad de recepción.

“Todo partió por esta idea de poder escuchar el cielo”, explica Robles, quien proviene de la ciudad de Vicuña, en el corazón del Valle del Elqui. “Me interesa observar aquello que no vemos, pero que constantemente nos rodea”, dice.

En el Metro, la antena se enfrentará a un paisaje electromagnético muy distinto al de sus pruebas iniciales. La circulación de pasajeros, celulares, sistemas eléctricos y dispositivos irá modificando los espectrogramas que serán proyectados en una pantalla. “Quise probar qué pasaba si esta antena, que originalmente está diseñada para espacios abiertos, se instalaba en un lugar cerrado y lleno de estímulos como el Metro”, explica. “El cuerpo mismo altera las ondas electromagnéticas. Una llamada telefónica, un aparato conectado o alguien caminando cerca modifica la señal”. 

Proyecto imposible. Oliver Robles.

La idea de volver visible aquello que normalmente permanece oculto también atraviesa el trabajo de la artista, química y académica Alejandra Tello (1979), quien llegará desde Copiapó para presentar la instalación Amplificadores Opto-sensitivos, basada en imágenes microscópicas y procesos químicos en la estación Quinta Normal. “En lo invisible está el todo”, reflexiona. “Están las emociones, los sentimientos, las conexiones que tenemos con otros”.

Su obra —que presentará en colaboración con el colectivo de Valparaíso Pandemia Records— estará compuesta por 40 cubos de acrílico retroiluminados y suspendidos por una red. Dentro de cada estructura habrá microfotografías y registros de organismos observados mediante tecnologías de laboratorio, además de microesculturas creadas artificialmente a través de procedimientos químicos y nanotecnológicos.

“Me interesa investigar lo microscópico y volverlo macro, hacerlo aparecer”, explica la artista. “Hay un juego ahí entre lo natural y lo artificial. Muchas veces ya no sabemos bien dónde termina uno y comienza el otro”.

La obra obligará a los espectadores a acercarse físicamente, mirar a través de pequeñas mirillas y modificar su propia escala de percepción. Como si el festival insistiera constantemente en desacelerar la mirada y desplazar la atención hacia aquello que suele pasar desapercibido.

“Las instalaciones permiten activar otros sentidos. No solo mirar. También acercarse, escuchar, habitar”, dice Tello, quien es además docente en la Universidad de Atacama, donde imparte clases de química, y un ramo optativo de arte y ciencia en un laboratorio creativo a carreras científicas. 

Amplificadores Opto-sensitivos. Alejandra Tello.

El gesto de la obra de Tello conversa a su vez con el trabajo de Caro Pincheira Duque (1990), artista visual y profesora de aeroyoga, quien trabajará en la estación Ñuble mediante la performance Portal donde utilizará elásticos con cascabeles tensados desde su propio cuerpo hacia la arquitectura del Metro.

“Trabajo siempre desde tres ejes: cuerpo, espacio y dibujo”, explica la artista. “Lo que hago es desplazar el dibujo fuera del papel y llevarlo al espacio tridimensional”.

El sonido de la obra está dado por la respiración amplificada de la propia artista, quien, además, se engancha los elásticos mediante perforaciones corporales temporales. Con ello, Pincheira insiste en algo que parece atravesar buena parte del festival: incluso en una época dominada por algoritmos, pantallas e inteligencia artificial, el cuerpo sigue siendo el primer medio tecnológico.

“Hoy las artes mediales suelen asociarse inmediatamente a programación o realidad virtual”, dice Pincheira. “Pero antes de todo eso está el cuerpo. Todo pasa primero por nuestra corporalidad”.

Portal. Caro Pincheira Duque

La frase dialoga también con el trabajo de Robles y Tello. Aunque los tres artistas operan desde lenguajes muy distintos —las ondas electromagnéticas, el mundo microscópico o la performance corporal—, sus obras parecen persistir en algo similar: siempre afecta cuerpos y percepciones concretas, formas específicas de habitar el espacio.

También existe una sensibilidad compartida respecto a las materialidades obsoletas y las relaciones entre tecnología y materia. Oliver Robles —quien estudió antes Restauración del Patrimonio Cultural en el Duoc UC de Valparaíso— trabaja con objetos usados, descartados o invisibilizados y dejados tirados: antenas, sensores, televisores, osciloscopios, cables, pantallas y distintos dispositivos de captación. Alejandra Tello utiliza procedimientos científicos y estructuras químicas para hablar sobre vínculos invisibles y transformaciones materiales. Caro Pincheira, en cambio, insiste en técnicas corporales directas, respiración amplificada y modificaciones físicas como formas de resistencia frente a la desmaterialización contemporánea.

“Soy bien análoga”, dice Pincheira. “Y me interesa ir un poco a contracorriente de esta idea posthumana donde todo parece volverse virtual”.

Robles, por su parte, pertenece a una generación que creció justamente en el tránsito entre lo analógico y lo digital. “Siento que hay una búsqueda por volver a tecnologías más sensibles”, comenta. “La gente está cansada del consumo permanente de pantallas y redes”.

Esa tensión entre fascinación tecnológica y agotamiento digital atraviesa buena parte del festival. Jaime Cid-Lara lo plantea incluso desde una mirada crítica hacia ciertas exposiciones que ofrecen experiencias inmersivas masivas que hoy dominan parte de la industria cultural.

“Muchas veces son experiencias completamente comerciales que usan la tecnología solo como espectáculo”, señala. “Cambian el soporte, hacen proyecciones gigantes o realidad virtual, pero no existe una reflexión real sobre el medio ni sobre el presente”.

Frente a eso, Onda Expansiva intenta ocupar un lugar distinto: más precario quizás, pero también más crítico y experimental. No busca generar un consumo espectacular de imágenes, sino abrir pequeñas grietas perceptivas dentro de la rutina urbana.

Es el caso del proyecto Cid-Lara Studio, donde Jaime Cid-Lara y su hermano Benjamin Cid-Lara, presentan la obra OSCURIDAD//INFINIDAD, una instalación de video y realidad virtual que utiliza fotogrametría y sonido generativo para diseccionar las estructuras de control que operan bajo la superficie de la ciudad. “La masa humana es una entidad que es a la vez controlada -por sus propios sistemas- y controladora del espacio, en estructuras que, vistas a mayor velocidad, muestran su verdadera naturaleza”, describe Cid-Lara.

Por eso el Metro aparece como una locación tan significativa. No solamente por la enorme circulación de personas, sino porque concentra muchas de las tensiones contemporáneas: vigilancia, automatización, velocidad, hiperconectividad y aislamiento colectivo, que por medio del arte se visibilizan, se confrontan, se mitigan.

Obra de Aldo Espinoza.
Escrito por

Denisse Espinoza

Periodista egresada de la Universidad de Santiago de Chile. Trabajó durante una década en la sección Cultura de La Tercera, donde cubrió temas de artes visuales, arquitectura y fotografía. Fue jefa de contenidos de Fundación Teatro a Mil. Hoy es subeditora de revista Palabra Pública.

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