Nacido a partir de una instalación artística realizada en 2023 y desarrollado junto a habitantes de Coronel, el cortometraje "Detrás de las industrias se esconde el sol" propone un ejercicio poco habitual para las zonas de sacrificio: imaginar un futuro deseable. Dirigida por la artista visual Constanza Hermosilla y el arquitecto Julio Suárez, la obra se estrena este sábado 6 de junio en Galería Metropolitana.
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Todo partió con dos sillas de playa, un quitasol y media tonelada de carbón que acarrearon de Coronel a Santiago. La artista visual Constanza Hermosilla y el arquitecto Julio Suárez venían conversando hace un tiempo sobre lo triste que era que la comuna no tuviera acceso pleno a la costa debido a la Ruta 160, una carretera que conecta a la ciudad con Concepción y que por mucho tiempo la dejó aislada de la playa. “Entendiendo la ciudad como un cuerpo, sentía que ahí había una herida. La Ruta 160 era como una gran cicatriz producida por siglos de extracción”, recuerda Hermosilla.
Hasta que en 2023 ganaron una residencia artística, otorgada por la santiaguina Galería Metropolitana, que se desarrolla en un refugio en San Pedro de la Paz, ubicada a 25 km de Coronel. Como primer ejercicio, decidieron recorrer la distancia a pie, intentando impregnarse de todo lo que ocurría en el camino. Entonces empezaron a jugar e imaginar cómo disfrutar de una playa que no podían ver. “Buscamos la manera de ver el mar o sentirlo, subiéndonos a las pasarelas que tienen en esa ruta. Luego utilizamos los paraderos de micro para performear un poco la idea de verano”, cuenta Suárez. Así, sacaron las sillas de playa y un quitasol que llevaban, y escenificaron un día de playa, pero sin playa.
La idea se transformó, a fines de ese año en Playa negra, una instalación artística que presentaron en el Galpón UDLA -Universidad de las Américas-, ubicado en el Persa Víctor Manuel, en barrio Franklin. Consistía en dos sillas de playa y un quitasol de color negro, además de media tonelada de carbón o, más bien, el residuo que queda luego del tratamiento y el proceso de las termoeléctricas.
Una vez terminada la exposición, apareció una incomodidad inesperada. “Nos dimos cuenta de que la obra informaba sobre la problemática de Coronel, pero quedaba descafeinada de la realidad del territorio”, explica el arquitecto. “Entonces nos preguntamos: ¿por qué estamos haciendo esto tan lejos? ¿Por qué no hacerlo allá, con las personas que viven esa experiencia todos los días?”.
Esa pregunta fue el germen de Detrás de las industrias se esconde el sol, el cortometraje que se estrenará en Santiago este sábado 6 de junio en Galería Metropolitana, luego de haber sido exhibido en Coronel y Concepción. La obra cuenta con financiamiento del Fondart Regional de Difusión del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, convocatoria 2025.
La elección de centrar una investigación artística en Coronel no fue casual. Ambos, Hermosilla y Suárez, son originarios de Concepción y sus trayectorias siempre habían estado cruzadas, biográfica y artísticamente, por la problemática del extractivismo industrial en esa zona.
Con una población superior a los 116 mil habitantes, Coronel, comuna costera de la Región del Biobío, se transformó durante décadas en uno de los casos más emblemáticos de las llamadas zonas de sacrificio en Chile. Tras el cierre de las minas de carbón, el territorio concentró termoeléctricas, pesqueras, industrias forestales y un parque industrial que llegó a reunir más de cien empresas. Diversas organizaciones ambientales han documentado los impactos de esta concentración industrial, incluyendo emisiones atmosféricas, acumulación de cenizas y presencia de metales pesados en la población infantil.
Durante años, las centrales Bocamina I y Bocamina II se transformaron en símbolos de esa realidad. El cierre progresivo de ambas unidades fue interpretado por autoridades locales y organizaciones ciudadanas como el comienzo del fin de una larga historia de contaminación industrial en la comuna. Sin embargo, el cortometraje Detrás de las industrias se esconde el sol no busca documentar esa historia desde la memoria trágica o la denuncia. Al contrario: inspirados en su propia experiencia artística, Hermosilla y Suárez decidieron hacerse una pregunta mucho más inusual: ¿qué ocurre si en lugar de pedirles a los habitantes de una zona de sacrificio que hablen sobre sus heridas, les pedimos que imaginen un futuro?
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Para dar respuesta a esa pregunta, la dupla ideó una operación narrativa tan simple como radical. Junto al audiovisualista Rafael Guendelman y al realizador Andrés Lima, Suárez y Hermosilla desarrollaron un guion que invitó a vecinas y vecinos de Coronel a situarse en el año 2226, época en que la ciudad se ha convertido en uno de los destinos turísticos más cotizados. Desde ese futuro imaginario, debían recordar el presente como si fuera pasado y describir una ciudad transformada. La estrategia generó un desplazamiento inesperado.
De pronto, situaciones que hoy forman parte de la normalidad aparecían como reliquias absurdas de otro tiempo. “Cuando alguien cuenta que hace doscientos años había un jardín infantil al lado de una termoeléctrica, inmediatamente eso se vuelve obsoleto”, explica Hermosilla. “Porque en realidad eso es lo que debería ser”, reflexiona.
Las entrevistas fueron realizadas con habitantes de distintas edades y sectores de la ciudad. No hubo actores ni ensayos. Tampoco discursos preparados. Lo que surgió fue una imaginación colectiva que sorprendió incluso a los propios realizadores. “Pensaba que iba a ser difícil pedirle a alguien que imaginara un tiempo tan distinto”, cuenta Suárez. “Pero aparecieron proyectos urbanos completos. Las personas imaginaron teleféricos, parques, hoteles, museos, nuevas formas de habitar la costa. Había una enorme capacidad de proyectar deseos”.
Las termoeléctricas se convertían en centros culturales; antiguas infraestructuras industriales pasaban a ser parques y restaurantes; los humedales recuperados atraían visitantes, y el mar volvía a integrarse a la vida cotidiana. Más que una fantasía individual, las entrevistas comenzaron a construir una visión compartida. El juego que propone el cortometraje es que todo esto ocurre a nivel de narración oral, mientras que el espectador sigue viendo en pantalla la contaminación de la costa, las colosales industrias que tapan el paisaje natural y la torre con forma de lata de jurel, sigue incólume como huella imborrable de la sobreexplotación pesquera.
Detrás de las industrias se esconde el sol también es el resultado de la convergencia de dos trayectorias artísticas que, desde disciplinas distintas, han explorado durante años la relación entre territorio, cuerpos y espacio público.
Antes de trabajar juntos, Julio Suárez —arquitecto de la Universidad del Biobío y doctor de la Universidad de Alicante, en España— desarrolló una extensa investigación sobre arquitectura temporal, activaciones urbanas y producción de acontecimientos en el espacio público. Tras titularse, integró el colectivo República Portátil, una experiencia que marcó profundamente su manera de entender la disciplina.
“Lo que más me interesaba era producir acontecimientos en los espacios públicos”, recuerda. “No teníamos recursos ni encargos, entonces hacíamos festivales, performances, fiestas electrónicas, construíamos infraestructuras mínimas. Hacíamos arquitectura con muy poco, generando situaciones que modificaran temporalmente la experiencia de un lugar”.

Esa búsqueda derivó posteriormente en una investigación sobre arquitecturas efímeras latinoamericanas, técnicas ancestrales de construcción y formas temporales de ocupar el territorio. Suárez recorrió comunidades en México y el lago Titicaca, estudiando sistemas de ensamblaje y construcción que cuestionan la lógica de permanencia asociada a la arquitectura moderna. “Siempre entendí la arquitectura más como una herramienta para pensar ciertas cosas que como una disciplina dedicada exclusivamente a construir edificios”, explica.
En el caso de Constanza Hermosilla —artista visual de la Universidad de Concepción y Magíster en Arte, Pensamiento y Cultura Latinoamericanos por el Instituto de Estudios Avanzados de la Usach—, gran parte de su trabajo artístico se ha desarrollado precisamente en la intersección entre cuerpo y ciudad. Sus proyectos suelen desplegar acciones e instalaciones en espacios públicos que interrumpen temporalmente los usos habituales del territorio y proponen otras formas de experimentarlo. “Me interesa cómo el cuerpo puede leer críticamente la ciudad”, señala. “Cómo ciertas acciones pequeñas pueden alterar por un momento estructuras que parecen inamovibles”.
En esa línea aparecen, por ejemplo, trabajos como Baño público, la exposición que presentó en mayo del año pasado en Galería Gabriela Mistral, donde imaginó espacios urbanos que consideran los afectos, los cuerpos y los cuidados. De allí nacen piezas como Menstruadero y Amamantadero, que aluden a visibilizar y dignificar prácticas femeninas como algo que pasa cotidianamente en la ciudad. O ¿Cómo ablandar una ciudad?, investigación performativa que desarrolló entre 2021 y 2023 en Santiago y São Paulo, donde utilizó dispositivos textiles inflables para intervenir espacios urbanos y explorar cómo el juego, el deseo y la interacción entre cuerpos pueden abrir grietas en la lógica productivista y endurecida de la ciudad neoliberal. “Empecé a buscar maneras de hackear esta realidad que me parecía deprimente, injusta y fea. Y la única forma que encontré fue a través de la ilusión, pero una ilusión practicable. Una especie de utopía cotidiana”, cuenta la artista.
En el caso de Detrás de las industrias se esconde el sol, muchas de las inquietudes de la artista surgieron al observar los procesos de expansión urbana y extractiva en Concepción y, justamente, Coronel. Frente a paisajes cada vez más dominados por infraestructuras industriales, comenzó a preguntarse de qué manera el arte podía intervenir esas realidades sin quedar atrapado en la denuncia. Así, más que representar un futuro idealizado, el cortometraje funciona como un ejercicio colectivo de imaginación situado en un territorio concreto.

La incorporación de Rafael Guendelman al proyecto reforzó esa dirección. Arquitecto, académico de la Facultad de Arquitectura de la Universidad De Las Américas y realizador audiovisual, Guendelman ha desarrollado una práctica que cruza investigación territorial, cine y cultura visual. Su trabajo suele abordar las relaciones entre paisaje, urbanismo y formas de habitar, intereses que encontró inmediatamente en el proyecto impulsado por Suárez y Hermosilla. “Siempre me ha interesado cómo construimos las ciudades y cómo se relacionan los seres humanos con el territorio”, explica. “Cuando conocí la propuesta me pareció estimulante porque permitía pensar esas tensiones desde otro lugar”.
Fue precisamente Guendelman quien impulsó una de las decisiones centrales del cortometraje: desplazar el foco desde la memoria de la contaminación hacia la imaginación de futuros posibles. “Pensábamos que quedarnos solamente en el pasado podía ser una posición un poco lastimera”, recuerda. “Entonces comenzamos a preguntarnos qué ocurriría si el relato se construía desde el futuro”.
Durante ese proceso aparecieron también referentes en la ciencia ficción. En lo literario surgió la obra del escritor argentino Michel Nieva, cuyas novelas imaginan futuros alterados por la crisis climática y la transformación de los territorios; y, en el cine, apareció Pampas Marcianas (2023), cortometraje producido por MAFI y dirigido por Aníbal Jofré, en el que se imagina una misión espacial organizada desde las antiguas oficinas salitreras del norte de Chile, y que ayudó a definir el tono de la obra en Coronel. Al igual que aquella película, Detrás de las industrias se esconde el sol utiliza el humor irónico, la ficción y la especulación para desestabilizar relatos dominantes sobre territorios históricamente asociados al abandono o al sacrificio. “Nos interesaba esa capacidad de la ficción para correr un poco los límites”, explica Guendelman. “Salir del lugar de la víctima o del diagnóstico permanente y abrir un espacio donde pudieran aparecer otras posibilidades”.

El resultado evita deliberadamente el tono sombrío que suele caracterizar las representaciones audiovisuales sobre crisis ambientales. “Sentíamos que si hacíamos una película centrada solo en el dolor probablemente terminaríamos reforzando una sensación de impotencia”, señala Hermosilla. “Confiamos mucho más en la capacidad del humor, del juego y de la imaginación para abrir conversaciones”.
En medio de una época marcada por el pesimismo, la incertidumbre y la sensación de estar acercándonos a un futuro cada vez más distópico, el equipo del cortometraje optó por la imaginación de otros mejores mundos posibles. “El arte tiene una capacidad privilegiada para ensayar formas de convivencia y para imaginar otras maneras de vivir. Si el arte sólo imagina futuros distópicos, terminamos naturalizando estos escenarios”, continúa la artista.
En ese sentido, el cortometraje plantea que imaginar puede ser también una forma de resistencia. “Hay algo muy interesante”, reflexiona Suárez. “Muchas veces creemos que quienes viven en contextos difíciles sólo pueden hablar del sufrimiento. Pero ocurrió exactamente lo contrario. Las personas imaginaron con enorme facilidad un futuro mejor”.
La recepción de la obra en Coronel pareció confirmarlo. Durante una exhibición realizada en el gimnasio Puchoco Schwager, vecinos, dirigentes sociales y participantes se reunieron para ver el resultado final. Hubo risas, emoción y conversaciones que continuaron después de la proyección. “Ese era nuestro público más importante”, dice Hermosilla. “Que sintieran que estaban representados y que reconocieran sus propios sueños en la pantalla”.
Algunas de las protagonistas incluso viajarán ahora a Santiago para asistir al estreno en Galería Metropolitana. Un gesto que, de alguna manera, resume el espíritu del proyecto. Detrás de las industrias se esconde el sol no propone olvidar la historia de contaminación que marcó a Coronel ni tampoco pretende reemplazar la denuncia por optimismo ingenuo. Lo que hace es algo más extraño y quizás más urgente: en tiempos donde el colapso parece más fácil de visualizar que la esperanza, el cortometraje plantea una pregunta sencilla pero incómoda: si no somos capaces de imaginar futuros distintos, ¿cómo podríamos llegar a construirlos?

Periodista egresada de la Universidad de Santiago de Chile. Trabajó durante una década en la sección Cultura de La Tercera, donde cubrió temas de artes visuales, arquitectura y fotografía. Fue jefa de contenidos de Fundación Teatro a Mil. Hoy es subeditora de revista Palabra Pública.



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