Con la inauguración de Casa Fósfora en pleno barrio Bellavista, el cineasta consolida un proyecto dedicado a la experimentación artística y audiovisual, donde se vinculan distintas generaciones. En paralelo, a fines de julio presenta una exposición en Arrayán Espacio, en el barrio Brasil, junto a León & Cociña y otros artistas; continúa exhibiendo su cortometraje Merrimundi y trabajando en nuevos proyectos de carácter más político, ligados a su ascendencia palestina.
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Durante más de una década, el cineasta Niles Atallah imaginó una casa que todavía no existía. No era exactamente un estudio de animación, tampoco una galería, una productora o una escuela. Era un lugar donde las películas pudieran crecer antes de convertirse en películas; donde una investigación sobre fotografía química terminara infiltrándose en un cortometraje; donde un escultor pudiera compartir mesa con un animador, un estudiante con un cineasta, y una conversación cualquiera terminara derivando, años después, en una nueva obra.
Ese lugar finalmente existe. Se llama Casa Fósfora y hace sólo unos meses abrió sus puertas en Ernesto Pinto Lagarrigue, en el barrio Bellavista, como laboratorio de creación, residencia para artistas, taller, espacio de exhibición y punto de encuentro para una comunidad que hace mucho tiempo venía formándose, aunque todavía no tuviera una casa.
La historia de este lugar, sin embargo, comenzó hace mucho antes. Veinte años atrás, Atallah llegó desde California a Santiago y conoció a dos jóvenes artistas con quienes compartía una intuición que terminó cambiando lentamente la historia reciente de la animación chilena: Joaquín Cociña y Cristóbal León.
Juntos fundaron Diluvio, colectivo y productora desde donde empezaron a explorar un territorio prácticamente inexistente en Chile. Mientras gran parte de la animación local seguía asociada a la publicidad, la televisión o a formas más convencionales del cine, ellos comenzaron a trabajar desde otro lugar: la pintura, la escultura, el stop motion, el grabado, las máscaras, la performance, el celuloide intervenido y la experimentación material. No se trataba de hacer "animación" en el sentido tradicional, sino de entender el cine como una práctica artística capaz de dialogar con las artes visuales, la instalación y el trabajo manual.
Con los años, las trayectorias de los tres comenzaron a tomar caminos propios. León y Cociña desarrollaron una de las filmografías más reconocidas del cine chileno contemporáneo, coronada internacionalmente con La Casa Lobo y, más recientemente, con Los Hiperbóreos. Atallah, por su parte, construyó un universo igualmente singular con obras como Rey, Animalia Paradoxa, Vitanuova y el reciente cortometraje Merrimundi, que se acaba de estrenar en el Festival de Cine de Animación de Annecy. Lo cierto es que sus películas suelen recorrer el circuito de los festivales más importantes del mundo —como el de Venecia, Rotterdam, Fantasia, Camerimage o IFFI — sin abandonar la obstinada investigación sobre la materialidad de las imágenes.
A fines de julio, Atallah se volverá a encontrar con la dupla León & Cociña en la exposición La utopía retorcida en Arrayán Espacio (Compañía de Jesús 2077), ubicado en el barrio Brasil, donde exhibirán su proceso creativo, a través de objetos, bocetos, maquetas que aparecen en sus películas como una muralla hecha de cabezas de muñecas de 4x2 metros (en la foto principal) perteneciente a Merrimundi. A ellos se suman dos artistas de una generación más joven —Felipe Elgueta y Matías López (Matatatatatata)— cuyas investigaciones con inteligencia artificial, fotogrametría, escultura, stop motion y procesos digitales dialogan con esa misma tradición artesanal que la generación anterior ayudó a instalar. Más que una muestra colectiva, la exposición parece fotografiar el momento en que una escena comienza a reconocerse a sí misma.
Esa continuidad es la que hoy ocupa buena parte de las preocupaciones de Niles Atallah. "Hace muchos años soñaba con esto. Debo llevar unos quince años intentando construirlo", dice mientras recorre Casa Fósfora, donde conviven escenografías y objetos de proyectos pasados, un laboratorio fotoquímico, una sala de exhibiciones y distintos talleres, donde algunos artistas posproducen sus creaciones en computadores y otros elaboran a mano los personajes que serán protagonistas de sus historias.
En junio pasado, Casa Fósfora se inauguró con Colodión Aqua Vitae, una exposición dedicada a una técnica fotográfica antigua que investigaron durante tres años: el colodión húmedo. Fue un proceso que Atallah e integrantes del colectivo Espora Taller lograron replicar desde cero, mezclando minerales y químicos en bruto en una suerte de alquimia contemporánea. En las placas de vidrio, el cineasta derramó todo su universo creativo, como si estas fueran una prolongación de la trilogía compuesta por Animalia Paradoxa, Vitanuova y Merrimundi: un universo postapocalíptico y distópico, habitado por seres mutantes que parecen enviar mensajes desde un tiempo que ya sucedió. Esos mensajes toman aquí la forma de placas de colodión húmedo.

"Queríamos sí o sí hacer esa técnica. Mis películas retratan mundos distópicos donde ya no quedan seres humanos. Tuve la inquietud de crear una especie de relato fuera del espacio cinematográfico, una arqueología del futuro que en realidad es el pasado", cuenta Atallah. El ejercicio, largo y trabajoso, va a contrapelo de la actual inmediatez digital. “Hoy en día le pides a la IA que te haga una imagen en dos segundos. Nosotros queríamos observar la manualidad de la tecnología, el desecho, la imperfección y la materia que perdura".
Ese espíritu, que da cabida a los procesos de creación es el motor de Casa Fósfora y de aquello que Atallah aspira a construir: un ecosistema creativo. "Me parece importante cultivar escenas, donde las personas puedan conocerse físicamente y compartir un espacio todos los días. Ahí nacen las colaboraciones. Yo aprendo viendo lo que hacen los demás, y los demás aprenden viendo lo que hacemos nosotros”, explica.
Quienes conocen el cine de Niles Atallah suelen hablar de la estética antes que de las historias. Las máscaras de papel de Rey; los negativos enterrados bajo tierra para acelerar químicamente el deterioro del celuloide; las criaturas anfibias de Animalia Paradoxa; una figura modelada en plasticina de Vitanuova; o las cabezas de querubines de termoplástico de Merrimundi parecen formar parte de un mismo universo, uno donde la materia nunca es solamente un soporte, sino una forma de pensamiento.
Atallah nació en California en 1978, estudió Artes en la Universidad de California en Santa Cruz y llegó a Chile en los 2000. Nunca estudió cine propiamente tal. Esa condición de "extranjero" frente al lenguaje cinematográfico terminó definiendo su manera de trabajar. Mientras la mayor parte de las escuelas enseñan a partir del guion y de la planificación industrial, él llegó desde la experimentación con los materiales como la pintura, el grabado, la fotografía y la escultura.
"Cuando empecé a hacer cine me parecía muy extraño pensar primero una historia y después simplemente ejecutarla. Sentía que era como ilustrar un guion. A mí me interesa mucho más tener una especie de atmósfera, un universo emocional, y descubrir la película trabajando con los materiales y con las personas que participan. Ellos también van proponiendo cosas”, cuenta.
Para Atallah, buena parte de ese lenguaje cinematográfico que hoy consideramos natural responde, en realidad, a una lógica industrial heredada de modelos de producción corporativos. "El cine, a mi parecer, es una extensión de una ideología capitalista e industrial", critica. "Son procesos jerarquizados que tienen que ver con corporaciones y con asegurar el lucro a través de etapas muy rígidas. En vez de decir 'corporativo', la gente dice 'lenguaje cinematográfico', pero, en realidad, se refieren a lo que es capaz de ser distribuido por una transnacional. El campo del cine es extremadamente conservador. Si decides no encasillarte y salir de las convenciones, eres cuestionado".
La ascendencia palestina del cineasta es otra corriente subterránea que cruza su obra de maneras sutiles, pero ineludibles. "Mi padre nació en este barrio, en el seno de una familia palestina", cuenta. "Es un misterio cómo se cuela en mi trabajo, pero hay un dolor y un trauma intergeneracional que seguro impactan. Es una especie de fantasma".
Ese fantasma se traduce en una sospecha fundamental hacia los modos coloniales de representación. "Crecí en Estados Unidos viendo a los palestinos representados en Hollywood de forma violenta y negativa. Cuando empecé a estudiar arte, entendí el poder de esa propaganda", explica.
¿Te interesa plasmar de una forma más política el tema de Gaza, por ejemplo?
El problema es que no quiero abordar el tema de manera utilitaria o simplemente ilustrativa. Creo que uno debe partir desde la relación que tiene con las personas y los materiales y, si de ahí brota el cruce con una temática, bien.
Actualmente, Atallah trabaja en dos proyectos que materializan esa búsqueda más política. Por un lado, un largometraje inspirado en Pinocho —cuya producción ya está en marcha con la construcción de las maquetas en madera— que narra la historia de un niño en un mundo ajeno: una metáfora sobre el exilio, la diáspora y la reconstrucción de la propia identidad frente a las heridas que dejan el mar y el tiempo. Por otro lado, un cortometraje codirigido con Felipe Elgueta, creado en base a mensajes de audio de WhatsApp que Atallah intercambia con su prima, quien vive bajo constante vigilancia en Cisjordania. "Ella es traductora de inglés y árabe, y en el corto me define palabras en árabe mientras conversamos de lo que se puede hablar sin ser arrestados. Con Felipe estamos reconstruyendo visualmente ese diálogo, cruzando algoritmos y tecnologías actuales con procesos análogos".

En tu trayectoria llama la atención tu defensa del cortometraje como un formato artístico mayor, en un medio que suele considerarlo un simple escalón hacia el largometraje.
Tiene que ver totalmente con el formato industrial y cómo ha secuestrado nuestra mirada. Si miras la literatura o la música, nadie piensa que un cuento de Borges o de Edgar Allan Poe sea inferior a una novela, o que una canción de tres minutos sea menos que una sinfonía. No es falta de capacidad, es deseo. A mí los cortos me encantan justamente por la libertad que ofrecen: como, entre comillas, 'no importan' para la industria, no hay presión y puedes experimentar libremente.
Haces clases en la Universidad Diego Portales y en la Universidad Católica. ¿Cómo ves el recambio generacional en Chile? ¿Notas ese interés por salirse de la norma?
Muchísimo. Cuando nosotros fundamos Diluvio, en 2007, no existía realmente el concepto de animación experimental o plástica en Chile. La escena de ficción era muy cuadrada y el documental estaba muy apegado al registro puro. Hoy hay muchas más escuelas y siempre surge un grupo de estudiantes interesados en la investigación plástica, en el trabajo con máscaras, títeres o procesos fotoquímicos. A nosotros, en Fósfora, nos encanta recibir estudiantes en práctica. Me gusta mucho más esa energía de la gente que está abierta a explorar sin saber exactamente lo que está haciendo, en lugar de obsesionarse tanto con la hiperprofesionalización del cine comercial.
Mencionabas que no te interesa el concepto de "industria" aplicado al arte. ¿Por qué te genera tanta distancia?
Porque una industria no existe por filantropía: existe para el lucro de las corporaciones, como la minería o las forestales. El cine industrial es un oleoducto por el que muy pocas voces logran pasar. A veces nos escandalizamos con la ética de las petroleras, pero no cuestionamos quiénes están detrás de las películas o bajo qué metodologías de explotación se producen. Una película puede tener un mensaje muy revolucionario en su guion, pero estar producida con la misma lógica corporativa y destructiva de una multinacional. El arte debe dirigirse hacia la libertad y la subversión, no hacia el autosustento de una corporación.
¿Y cómo se sobrevive y se crea desde esa vereda?
Hay que ser creativos en los modos de producción. Por eso armamos esta casona bajo un modelo colectivo. Aquí somos entre 12 y 15 personas compartiendo el espacio. No se paga un arriendo, sino una membresía muy baja para que puedan estar creadores que no tienen trabajos en la industria, pero que investigan artísticamente. Compartimos el laboratorio fotográfico, los proyectores y los conocimientos. No me interesa levantar una empresa. Me interesa que este lugar florezca a través de los proyectos de quienes trabajan aquí y que aparezcan películas que yo todavía no puedo imaginar.


Periodista egresada de la Universidad de Santiago de Chile. Trabajó durante una década en la sección Cultura de La Tercera, donde cubrió temas de artes visuales, arquitectura y fotografía. Fue jefa de contenidos de Fundación Teatro a Mil. Hoy es subeditora de revista Palabra Pública.



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