A partir de una investigación transdisciplinaria entre arte, ciencia y micología, "Fungi Cosmology" explora el mundo fungi como una puerta de entrada para repensar nuestra relación con la naturaleza, los territorios y las formas de conocimiento no humanas. Presentada en el MAC Parque Forestal, la exposición reúne obras de Valentina Serrati, Seba Calfuqueo, Maya Minder y Jorgge Menna Barreto, junto a organismos vivos, registros de campo e imaginarios especulativos que invitan a observar con otra velocidad aquello que suele permanecer oculto. Aquí, recorremos la muestra junto a su curadora, María Luisa Murillo.
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“Nadie puede creer cosas que son imposibles.
–Me parece evidente que no tienes mucha práctica –replicó la reina–. Cuando yo tenía tu edad, siempre solía hacerlo durante media hora cada día. ¡Cómo que a veces llegué hasta creer en seis cosas imposibles antes del desayuno!”
Lewis Carroll, 1871
En 1871, Lewis Carroll –autor de Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo– nos hizo parte de un universo construido desde la intuición: un tablero de ajedrez donde plantas y animales tienen dominio pleno de la palabra; donde los organismos no humanos sienten, discuten y se comunican entre sí, con mundos interiores tan complejos como el nuestro. Un universo que sería revisitado en años posteriores a través del cine, la poesía, el teatro, entre muchos otros formatos, no solo para preservar las ideas de Carroll a través del tiempo, sino para insistir en algo más profundo: en esa pregunta inherente al ser humano sobre los límites de lo posible y la conexión –más allá del entendimiento racional– que existe entre nosotros y todo lo que nos rodea.
Hongos que observan su propio reflejo en un espejo, comparten espacio con sus siluetas reproducidas en cerámica aromática. Mientras tanto, sus ciclos de vida son reproducidos en entornos virtuales y también exhibidos sobre una mesa de conexiones; un poco más adelante, sus cuerpos se hibridan con lo humano y aparecen nuevas anatomías, nuevas formas de crecer juntos. Este relato podría pertenecer al universo de Carroll, pero no es ficcional. Fungi Cosmology, proyecto presentado actualmente en las salas 10, 11, 12 y 13 del Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de Parque Forestal, da vida a esas escenas motivadas por una misma curiosidad: qué hay más allá de los límites de lo que podemos observar; cómo nos involucra e interpela el mundo fungi; cómo estos organismos proliferan, se conectan y transforman el entorno: el suyo, el nuestro.
A partir del trabajo conjunto, la exposición explora imaginarios que se movilizan entre lo micro y lo macro; entre universos que desafían y cuestionan los límites entre lo humano y lo no humano; y nuevas formas de comprender nuestra relación con la naturaleza. Fungi Cosmology reunió a diversos agentes de Brasil, Suiza y Chile durante un periodo de tres años, que contempló además tres viajes de investigación a la Amazonía brasileña, los Alpes suizos y la Patagonia chilena. Allí, el equipo exploró el rol de los hongos en los ecosistemas que habitan y las formas en que estos organismos nos interpelan como comunidad.

“Nos hemos ido transformando en un ecosistema”, señala María Luisa Murillo, artista, fotógrafa y directora de Casa-Museo Alberto Baeriswyl de Tierra del Fuego, Chile, quien nos acompaña a visitar la exposición. La frase permite comprender no solo la estructura del proyecto, sino también su método: una investigación transdisciplinaria que se expande, se contamina, se contrae y vuelve a aparecer bajo nuevas formas.
Hoy, los límites entre el artista y el científico empiezan a volverse borrosos. Sus procesos de investigación, sus registros de campo, y hasta sus mecanismos se vuelven bastante similares, pero hay una cuestión que los separa, y, aunque ambos observan, registran, comprenden, comparan resultados, trabajan desde el ensayo y el error, el artista se distingue porque imagina más allá de lo probable.
Tatiana Julio: En las visitas a terreno, ¿la investigación ya estaba centrada en el trabajo artístico? ¿O había un énfasis más bien en lo científico?
María Luisa Murillo: Es difícil separarlo porque, en el fondo, los artistas tienen sus propias dinámicas que van ejerciendo permanentemente. Los científicos toman muestras y los artistas también toman muestras: sacan fotografías, graban audio, hacen videos. Luego, viene este proceso más individual.
El artista opera desde una libertad fundamental, ya que no está obligado a contribuir a la producción de conocimiento desde una lógica funcional. Puede moverse con total libertad por distintos territorios sociales y simbólicos: “en la medida en que organizan los valores y los símbolos de una época en escenarios ficcionales, pueden –a la manera de un laboratorio de vida especulativa– poner a funcionar de modo experimental, artificial, creado, las líneas de fuerza más poderosas de una situación, ayudando a entrever de qué forma podrían funcionar esos elementos en situaciones nuevas, irreproducibles en la vida real, pero poderosamente pregnantes para quien las observa y las lee con atención” [1]. Tal como señala Stephen Wilson —artista, investigador y autor de Information Arts, libro clave sobre los cruces entre arte, ciencia y tecnología—, “el abordaje artístico se distingue del científico y técnico, entre otras cosas, porque frente a las mismas realidades, los artistas se formulan preguntas diferentes de las que enuncian los hombres y las mujeres de la ciencia. Asignan otras prioridades en sus agendas de investigación y creación, a la vez que interpretan de manera distinta los resultados de sus investigaciones” [2].
Y es a partir de esa falta de condicionamiento –más o menos caída del cielo– que los artistas gozan del beneficio de encontrar soluciones al futuro, o para un futuro, que nadie más vio. “Mala memoria, la que funciona sólo hacia atrás” [3], diría la Reina Blanca, personaje de A través del espejo que recuerda acontecimientos futuros como si ya hubieran ocurrido. Y, efectivamente, en el ejercicio cotidiano de especular, estas prácticas nos dotan de la capacidad de “prefigurar, de anticipar, de imaginar y fabular, de crear mitos e imágenes” [4] sobre los acontecimientos en curso. Desde allí, ejercen una distancia crítica –otorgada justamente por los propios artistas– para repensar la sociedad en la que habitamos, y en ese proceso, tener la habilidad, incluso de recordar las cosas “que sucedieron dentro de dos semanas” [5].

Con esa intuición llegamos al trabajo de Jorgge Menna Barreto. El artista nos sumerge en la exploración de diversos modos de percepción no oculares y propone el suelo como un medio sensible y relacional. Pulso nos propone visitar un lugar que también ve: la selva amazónica es trasladada a la sala 13 del MAC a través de una cámara sujeta al estómago del artista, mientras su cuerpo yace completamente horizontal sobre el piso del bosque.
Lo particular aparece cuando, de pronto, respiramos con el bosque, lo observamos y nos observa. Cada píxel de ese plano ambivalente –nadir y cenital– descansa sobre nuestra mirada y la suya. En ese momento no queda nada más que agradecer esa pausa –en medio de la ciudad– y la increíble sensación de no saber cómo estar más presentes: un instante, un pequeño momento de ser trasladados sin movernos físicamente a ningún lugar.
Mientras tanto, caminamos alrededor de una mesa de observación –o mesa de conexión, según comenta la curadora– donde es posible presenciar la vida de estos pequeños organismos, aumentados mediante lupas y contenidos en placas de Petri. Un estudio minucioso que recorre además los registros de esporomas y muestras de suelo recolectados durante los tres viajes de investigación.
“Las placas tienen hongos y los hemos tenido que ir cambiando, porque los sustratos se van secando y tienen su ciclo. Se esporulan, crecen, se forma moho, levaduras a veces y bacterias. Después se seca y termina muriendo. Tiene su proceso”, explica Murillo.
Lo que aparece allí no es una representación de la vida, sino una vida en curso: organismos que crecen, se transforman, decaen y mueren dentro de la sala. En términos museográficos, el gesto es especialmente significativo, porque introduce en el museo aquello que usualmente se intenta evitar.
“El hecho de poder introducir al museo estos organismos vivos también es súper interesante porque no sucede a menudo”, continúa la curadora. “Es complicado porque, en la jerga museística, el hongo es como el malo: tú no quieres que estén los hongos dentro de un museo porque pueden contaminar papeles u obras. Entonces fue un acto de resistencia poder llegar a poner esto aquí”.
La mesa condensa una de las tensiones centrales de Fungi Cosmology: aquello que suele ser entendido como amenaza, contaminación o deterioro se convierte aquí en agente de conocimiento, presencia estética y posibilidad de relación. Los hongos no solo son observados; también habitan, proliferan y obligan al museo a modificar sus propios protocolos de cuidado.
A esto se suman los testimonios que resuenan al unísono dentro de la sala, en la Serie de entrevistas: Cosmología de los hongos, Patagonia, Suiza, Brasil, de Maya Minder, una videoinstalación que surge a partir de la pregunta “¿Por qué estamos aquí?”, y que reúne 10 voces vinculadas al proyecto. Artistas, científicas y curadoras hablan al mismo tiempo, produciendo una cacofonía que no interrumpe el sentido, sino que lo expande.
Dentro de esta misma sala, se encuentra el Glosario FC, de María Luisa Murillo: un trabajo en torno a conceptos que recorren el proyecto y que no buscan estabilizar significados sino activar relaciones. Presentados como una trama de codependencias y coproducciones, desplazan al sujeto humano como centro exclusivo del sentido y distribuye la agencia entre organismos, materiales, sistemas y entornos.

El recorrido continúa hacia la sala 10 con Mapu Kufüll y Hedor de Seba Calfuqueo. La primera, una videoanimación 3D que reflexiona sobre la perspectiva cosmológica del pueblo mapuche en relación con la recolección de hongos y cómo estos han sido un símbolo de resistencia para las comunidades. La segunda, una instalación visual y olfativa compuesta por cerámicas que toman forma de digüeñe, morchella y de Nothojafnea thaxteri, referenciando al mundo fungi del Wallmapu.
Junto a ellas, en la sala 11, se encuentra El Hongo se mira a sí mismo, obra de Maya Minder y María Luisa Murillo, quizás una de las imágenes más particulares de la muestra. La obra apela a un ejercicio de flexibilidad e introduce una torsión reflexiva que intenta desplazar la figura del artista-explorador: el espejo deja de ser un dispositivo narcisista humano para convertirse en una superficie de autorreflexión donde la noción misma de sujeto se vuelve cuestionable e inestable, abriendo paso a la transformación.
“Yo lo encontraba tan interesante como imagen”, dice Murillo. “Nosotros somos ese hongo que estamos tratando de mirarnos a nosotros mismos y reflexionar sobre nuestro hacer”.
La obra abre una pregunta sobre las condiciones mismas de la investigación: quién mira, desde dónde mira, qué significa ir a un territorio, observarlo, registrarlo, volver con imágenes, muestras o relatos. La figura del artista en residencia, del científico en terreno o del investigador que llega a descubrir algo se vuelve problemática. Porque aquello que se descubre, muchas veces, solo era desconocido para quien llega. El espejo, entonces, no devuelve únicamente la imagen del hongo: devuelve también la imagen del proyecto, de sus métodos, de sus contradicciones y de sus formas de aproximación al mundo.
Finalmente encontramos Fungsectum (fungi + insect + human continuum) de Valentina Serrati, una videoproyección que cuestiona las propias condiciones de producción de Fungi Cosmology: la figura del artista, la movilidad, la residencia y la legitimidad del conocimiento situado. Lo central es que no dice cómo hacer, sino que demuestra cómo el hacer se vuelve problemático.
Murillo explica que Serrati trabajó con fotogrametría de hongos recogidos durante los viajes de campo y desarrolló tres ejes conceptuales: el rol del artista, la relación con el paisaje y las relaciones micelares que establecen los hongos, pensadas también en vínculo con la vida diaria. En ese sentido, Fungsectum no solo produce nuevas anatomías o continuidades entre hongos, insectos y humanos. También tensiona la manera en que el arte contemporáneo se desplaza, investiga, reside, extrae, observa y vuelve a traducir un territorio en obra.

En todas estas aproximaciones al trabajo de campo, queda claro que el equipo se propuso estudiar los hongos desde adentro, conocerlos y ver lo que normalmente no vemos. Y, en ese proceso, revelar la otra cara de su complejidad: todo lo que permanece en la oscuridad, el sesgo que existe detrás de aquello que nunca supimos mirar.
“Ahí nace este llamado justamente a entender que para ver eso que no vemos, necesitamos tener esa disposición a lo desconocido, que es lo que muchas veces nos incomoda, como humanos, como mamíferos. Entonces, esa invitación es a andar más lento, ser más consciente, entender eso que no ves, que al final es mucho más profundo que hablar de los hongos, sino que tiene que ver con cómo nos planteamos como sociedad y qué tipo de relación queremos tener con los otros, las otredades”, menciona Murillo.
Aquí, entrenar la imaginación se convierte en un acto decisivo. Es una forma de encontrar respuestas allí donde la lógica se detiene. Solo en el proceso de crear se encuentran nuevas formas y formatos para conectar con aquellos rincones que nadie más quiso acercarse –tal vez por extraños, tal vez por inexplicables–. Allí donde la ciencia se detiene, el arte profundiza y conecta.
Entonces, si “conocer los hongos empieza caminando lento, observando y registrando el bosque”, como dice Murillo, lo mismo aplica para conocernos como sociedad, para conocer nuestra ciudad, para involucrarse de verdad en el acto de vivir y entender un territorio: caminando lento, observando y registrando cada partícula y sus interacciones. Así, aspirar a una existencia más consciente implica, inevitablemente, frenar y comenzar a recorrer con otra velocidad: una que nos permita realmente conocer el mundo, sin que todo se nos pase volando.
Al final, nuestra relación como sujetos que comparten un espacio determinado también implica ese caminar lento. Eso nos lleva también a comprender que la interacción que Fungi Cosmology propone a nivel micro es la que deberíamos replicar -o trasladar- a nuestro nivel macro. Si pensamos en el funcionamiento micelial, esa sería la relación adecuada para estar más presentes y más conectados con lo que ocurre a nuestro alrededor, entendiendo que nos involucra y que somos parte de ese movimiento co-constitutivo de la experiencia.

Nos encontramos en un momento bastante crítico en términos de relaciones políticas y sociales, y es difícil no mencionarlo. Latinoamérica se ha visto atravesada por decisiones que han profundizado las desigualdades y evidenciado un ensimismamiento sin precedentes, que nos invita –qué digo invita: obliga– a repensarnos en términos estructurales. No debemos olvidar que el cuidado humano es fundamental, pero que también lo es el cuidado interespecies. No estamos solos en el mundo.
Tatiana Julio: ¿Cómo se relaciona el proyecto con la idea de cosmología?
María Luisa Murillo: Tiene que ver con este orden del mundo, con la perspectiva que tienes sobre lo que estás viviendo y cómo se va construyendo ese relato. Por eso se llama así el proyecto: intenta entender esta forma de ver el mundo con la perspectiva de los hongos, entendiendo que siempre hay algo que no vamos a saber, una parte oscura y una parte brillante.
El concepto aparece, entonces, no como una referencia distante, sino como una forma de pensar el orden del mundo desde aquello que permanece oculto. Los hongos permiten volver sobre esa zona oscura, subterránea, no completamente disponible para la mirada humana. Nos recuerdan que siempre hay algo que escapa al dominio, a la clasificación, al deseo de control.
“Me parece súper importante entender que siempre, a pesar de que avances, está esa parte que no ves”, agrega Murillo. “Eso tiene que ver con la magia, con lo oscuro, con lo desconocido. Las culturas más ancestrales tenían esa figura de lo desconocido, de entender que son una pequeña parte de un gran sistema. Nosotros como sociedad hemos sido bastante arrogantes en ese sentido, con esa ilusión del control”.
Ante ello, no está demás recordar a Donna Haraway: “Estamos en riesgo mutuo. Contrariamente a los dramas dominantes en el discurso del Antropoceno y el Capitaloceno, los seres humanos no son los únicos actores importantes en el Chthuluceno, con todo el resto de seres capaces solo de reaccionar. El orden ha sido retejido: los seres humanos son de y están con la tierra, y los poderes bióticos y abióticos de esta tierra son la historia principal” [6].
Ahora más que nunca, lo importante es mantener activa la imaginación y el deseo de crear. No ceder ante los lugares comunes. Hay algo detrás de esta necesidad masiva de volver a conectar con la naturaleza, que no es arbitraria. Frente a todos estos cambios, probablemente un régimen de lógica funcional, basado en estructuras rígidas, diría: “Nadie puede creer cosas que son imposibles” [7]. Ante lo que un artista, un teórico, un investigador debería mantenerse firme y responder con el ingenio de la Reina Blanca: “Me parece evidente que no tienes mucha práctica. Cuando yo tenía tu edad, siempre solía hacerlo durante media hora cada día ¡Cómo que a veces llegué hasta creer en seis cosas imposibles antes del desayuno!” [8].
Tal como menciona Murillo, este tema funciona “como un pretexto, porque hablar de los hongos, de cómo se relacionan y cómo crean estos ecosistemas y estas relaciones simbióticas con otros reinos, a nosotros nos permite hablar de otras cosas también”. De este modo, los hongos se convierten en una puerta de entrada para abordar complejidades vinculadas al hecho de compartir un ecosistema multiespecies; para conectar con un mundo que “no se cierra sobre sí mismo, no se completa. Sus zonas de contacto son ubicuas y alargan constantemente zarcillos con vueltas y más vueltas” [9]: un espacio basado y construido a través del proceso de simpoiesis.
Este proyecto es la apertura hacia infinitos procesos que subyacen incluso a aquello que hoy podemos ver, y es justamente eso lo que enriquece la idea y a sus agentes, humanos y no humanos. Nos invita a despertar cuestionamientos que ayer no tuvimos; a cuidar y preservar el ecosistema y la biodiversidad; a comprender que reparar no consiste solo en corregir, sino también en detenerse y mirar con cuidado. Nos permite entender que la oscuridad no es una carencia, sino una condición de posibilidad para otras formas de conocimiento. Y, al mismo tiempo, nos invita a crear nuestro propio país de las maravillas, a imaginar con calma y libertad, para así poder, incluso, recordar las cosas que sucedieron pasado mañana.

Carroll, L. (2004). A través del espejo. Córdoba, Argentina: Ediciones del Sur.
Costa, F. (2021). Tecnoceno. Algoritmos, biohackers y nuevas formas de vida. Taurus.
Murillo, M. L. (2026). Entrevista realizada en el marco de la exposición Fungi Cosmology, MAC Parque Forestal.
Fichas técnicas de obras de la exposición Fungi Cosmology, cortesía de la curadora.
Haraway, D. (2019). Seguir con el problema: Generar parentesco en el Chthuluceno. Consonni.

Artista visual, escritora e investigadora independiente. Licenciada en Artes por la UFT (2018) y Magíster en Artes por la Universidad de Chile (2022), actualmente cursa el Doctorado en Historia y Teoría de las Artes en la Universidad de Buenos Aires. Desde 2023 trabaja como asistente de investigación en Plataforma Arte & Medios, iniciativa chilena dedicada a los cruces entre arte, ciencia y tecnología. Ha presentado sus investigaciones en la XI Conferencia MediaArtHistories, Festival Internacional de la Imagen (Colombia), las V Jornadas Nacionales del Departamento de Filosofía (UBA, Argentina), el I Congreso de Archivos Audiovisuales de Arte (Argentina) y el I Congreso Corporalidades Sociales (España). Su trabajo artístico ha sido parte de exhibiciones como Escenas de lo virtual (Galería Espora, 2022), La comedia humana (MAC, 2022), Volver al futuro. 50 años UP (Galería Nemesio Antúnez, 2021), Artespacio Joven (Galería Artespacio, 2021) y Habitar hoy en Chile (Galería D21, 2020), entre otras. Es coautora de Volver al futuro. 50 años UP (Oxímoron, 2023), y en 2024 participó de la publicación Cuerpos en tránsito: explorando intersecciones emergentes y raíces culturales (Dykinson, España). Asimismo, ha escrito sobre artes mediales en Chile y el extranjero, colaborando con medios como Artishock, La Voz de los que Sobran, El Flasherito y PAM.



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