La arquitecta española investiga la cara oculta de la revolución digital: los centros de datos que consumen agua y energía, ocupan territorios y hacen posible la expansión de la inteligencia artificial. Su trabajo con comunidades de Quilicura y Cerrillos la llevó a participar en el desarrollo del Plan Nacional de Data Centers. Recientemente regresó a Chile para participar en Digital Vértigo, un encuentro internacional e interdisciplinario que invita a plantear una pregunta urgente: ¿cómo abrir la discusión pública sobre las infraestructuras que determinan nuestro futuro digital?
La nube digital no flota. La nube, en realidad, tiene dirección y código postal. Ocupa suelo, necesita electricidad y agua, mucha agua. También produce calor y depende de infraestructuras que rara vez podemos ver por dentro. La mayoría de nosotros produce y almacena datos como si la nube digital fuera ilimitada y no dependiera de recursos que pueden escasear. “Existe un componente de magia en la forma en cómo pensamos lo digital y las empresas han sabido aprovecharlo. Utilizamos dispositivos cada vez más pequeños, ligeros y sencillos que nos hacen olvidar la arquitectura que permite que todo eso funcione. La metáfora de la nube ha sido una muy buena campaña de marketing porque nos hace imaginar que lo digital está fuera del mundo, pero en realidad depende profundamente de él”, dice la arquitecta española Marina Otero Verzier (La Coruña, 1981), quien en 2022 recibió el premio Wheelwright de la Escuela de Posgrado de Diseño de Harvard por Future Storage: Architectures to Host the Metaverse, una investigación internacional sobre nuevas formas de almacenar información digital.
El caso chileno despertó su interés cuando, en 2019, una comunidad de Cerrillos logró paralizar la construcción de un centro de datos de Google mediante reclamaciones ante el Tribunal Ambiental, en las que advirtió que la obra comprometería el acuífero Santiago Central y afectaría el suministro de agua. A partir de ese episodio, la arquitecta llegó al país para investigar otros centros de datos que ya habían sido levantados. Logró entonces reunirse con grupos de personas de Quilicura, Colina y Cerrillos que estaban protestando contra estas construcciones y exigiendo una mayor regulación. “Me ofrecí a ayudarlos en lo que pudiese y ellos me pidieron algo que me pilló desprevenida: que los ayudara a negociar. Les dije que no tenía nada de experiencia en eso y ellos me dijeron: ‘Ya, pero tienes conocimiento experto y un correo de Harvard University que puede ayudar a hacer contactos’”, recuerda. Y así fue.
Cuando Otero fue invitada por el Ministerio de Ciencia a trabajar como experta en el desarrollo del Plan Nacional de Data Centers, exigió hacerlo junto a las comunidades. El plan se presentó a fines de 2024 e incluía medidas para mapear los terrenos más adecuados del país donde instalar los centros de datos, lejos de las zonas con estrés hídrico; criterios estandarizados para unificar exigencias ambientales en materias como consumo de agua, ruido y calor residual; y un acuerdo de producción limpia de carácter público-privado para impulsar a las empresas tecnológicas a alcanzar metas exigentes de eficiencia energética, entre otras medidas.
Sin embargo, en enero de 2026 entró en vigor una modificación al Reglamento del Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA), aprobada durante el gobierno de Gabriel Boric, que elevó de 80 a 1.000 toneladas el umbral de almacenamiento de sustancias inflamables que obliga a determinados proyectos a ingresar al sistema por ese causal. La reforma también incorporó nuevas condiciones para el ingreso de proyectos de líneas de transmisión eléctrica de alta tensión.
“Ese plan quedó en un cajón bajo llave y algo de culpa tiene el gobierno anterior”, dice Otero. “Ellos cambiaron una normativa que hace muy difícil solicitar a los centros de datos que hagan un informe ambiental. Antes se hacía a través de los datos de acumulación de combustible que tenían los generadores de emergencia, pero, por algún motivo extraño que desconocemos, el gobierno modificó los indicadores y aumentó significativamente el volumen de combustible exigido para hacer un informe ambiental. Entonces, ahora las empresas pueden evitar hacerlo si se quedan bajo ese nivel de combustible. Eso impide conocer los consumos. Ahora mismo estamos a oscuras: no hay información suficiente para entender cuánto consumen los nuevos centros de datos y ya se han construido varios sin presentar un informe ambiental. Hay cierta desesperanza entre la gente que estaba movilizada y que había hecho un esfuerzo personal muy grande para resistir. Están cansados”, afirma la arquitecta.
Según el último informe de Colliers, Chile cuenta con 36 centros de datos operativos —la gran mayoría concentrados en Santiago—, que suman 255 MW de capacidad instalada. A ellos se agrega una cartera de 34 desarrollos futuros, entre nuevos centros y ampliaciones, que proyectan la expansión de esta infraestructura hacia 2031. El año pasado, el pabellón chileno de la Bienal de Arquitectura de Venecia —a cargo de los arquitectos Serena Dambrosio, Nicolás Díaz Bejarano y Linda Schilling Cuellar— llevó la exposición Reflective Intelligences, que puso en el centro las dimensiones materiales y espaciales de la inteligencia artificial y las voces que suelen quedar excluidas de sus procesos de planificación, como las comunidades con las que se reunió Otero.
Ahora la arquitecta española regresó a Chile para participar de Digital Vértigo, encuentro internacional e interdisciplinar que, entre el 6 y el 9 de octubre, reunió a arquitectos, artistas y diseñadores en charlas, clases magistrales y mesas de trabajo para examinar las infraestructuras de almacenamiento y la digitalización del conocimiento desde una visión espacial y ecológica que expande el trabajo del pabellón de la Bienal de Venecia.
En un momento en que la expansión de la inteligencia artificial acelera aún más las inversiones en centros de datos, la mirada particular de Marina Otero no propone rechazar la tecnología sin más, sino discutir las decisiones que la sostienen. ¿Realmente necesitamos que la IA siga creciendo y avanzando? Según una investigación publicada por Axios en octubre de 2026, especialistas de la industria tecnológica consideran que podría ocurrir un incidente grave relacionado con la inteligencia artificial en menos de un año. El reportaje revela que ejecutivos de empresas como OpenAI y Anthropic ya están preparando escenarios de respuesta ante una eventual crisis, entre ellos ciberataques capaces de interrumpir servicios esenciales, como el suministro eléctrico, las comunicaciones o los servicios financieros.
En el último tiempo hemos empezado a hablar de los centros de datos como infraestructuras que pasaron de ser completamente estáticas a desechables. Hay un concepto que tú usas, el de powered shells. ¿Podrías explicarnos más sobre eso?
Desde siempre hemos necesitado centros de datos, habitaciones con servidores, para poder gestionar toda la información digital, pero ahora mismo, con el boom de la inteligencia artificial, hay una desconexión entre las necesidades reales que tenemos en el mundo digital y la cantidad de centros de datos que se están construyendo. ¿Por qué? Porque es una apuesta de la industria y de otros agentes que son también un poco especulativos, que piensan que van a ganar dinero. Entonces, están construyendo muchos centros de datos pensando que la inteligencia artificial va a ocupar toda nuestra vida. Están construyendo sobre una especulación, no sobre un consumo real. ¿Y qué pasa si esas inversiones fallan, hay una crisis o estalla la burbuja, como hemos visto en otras industrias? Estos centros serían una gran pérdida para todos quienes han invertido. Entonces, ahora están apareciendo verdaderos intermediarios, gente del mundo inmobiliario que está construyendo estos centros de datos a medio terminar para arrendárselos a compañías de IA que pueden desaparecer de un día para otro. A estas estructuras se les llama powered shells. Dan flexibilidad a estas grandes empresas tecnológicas, pero eventualmente pueden ser los cadáveres de la carrera por la inteligencia artificial.

También hablas mucho de la ecología de datos y de las diferencias entre datos calientes y fríos, públicos y privados. ¿Cómo crees que cambiaría la arquitectura digital si dejáramos de tratar todos los datos como algo que debe estar disponible de inmediato y en todo momento?
Sí, justamente existen distintos tipos de datos y no tenemos que tratarlos a todos por igual. Los datos calientes son, por ejemplo, los que necesitas cuando quieres abrir el portal de tu banco y hacer transacciones: tus datos tienen que estar disponibles, igual que tu correo electrónico. Los fríos serían, por ejemplo, si vas a la Biblioteca Nacional y quieres solicitar un documento: a lo mejor tienes que pedir cita para que te lo den. Son datos que están guardados, pero que no se te proporcionan inmediatamente. Y hay muchos, porque, como comprenderás, muchas de las imágenes que has tomado en los últimos años no las necesitas usar todos los días. Hay un gran volumen de datos que son fríos. Y luego hay datos temporales, como todas las capturas de pantalla que hacemos para usarlas en ese momento y nunca más. También hay datos públicos, abiertos y privados. Entonces, los centros de datos se diseñan para datos calientes, privados y permanentes. Toda su seguridad y el hecho de que funcionen 24 horas al día, todos los días del año, responden a la idea de que la información siempre esté disponible. Gastas muchos recursos cuando tratas toda la información de la misma manera. Entonces, lo que yo propongo es que pudiese haber una diferenciación de arquitecturas según las características de los datos. Si se trata de datos fríos y permanentes, podrían alojarse en un edificio más parecido a una biblioteca. Podríamos diseñar de manera más específica según el uso. Es el mismo problema con la inteligencia artificial: los grandes modelos de lenguaje pueden convertirse en tu psicólogo o hacerte una declaración de impuestos; saben de todo, pero eso también tiene un costo ecológico. Entonces, se podrían entrenar modelos de lenguaje más pequeños y acotados a un tipo de información. Los centros de datos consumirían menos porque, por ejemplo, para los datos fríos no sería necesario estar con los servidores todo el tiempo encendidos. Lo que pasa es que para las compañías es más fácil acaparar toda la información y tratarla por igual, pero se podrían generar distintas tipologías arquitectónicas según el tipo de información.
Nosotros, como usuarios, también tratamos así nuestros datos; o sea, almacenamos a diario información de forma indiscriminada. ¿Crees que también debería enseñarse cómo manejar nuestros datos, por ejemplo, en los colegios?
Totalmente. Es una parte tan importante de nuestra vida que deberíamos tener un poco más de conocimiento de cómo funciona, porque generalmente los datos siempre están duplicados. Los centros de datos suelen tener lo que se conoce como un “espejo”: un centro de datos, en otro lugar, con la misma información por si acaso aquí pasa algo. Entonces, de por sí, cualquier fotito que tengamos ya está multiplicada: la tenemos en varios dispositivos a la vez o la hemos enviado por WhatsApp o por email. Y no quiero hacer sentir mal a la gente porque, en realidad, estas herramientas están diseñadas precisamente para esto: para engancharnos, para que acumulemos. Son un reflejo de la industria. Pero es verdad que cuando le dices a la gente: «Mira las diez últimas imágenes que has guardado en el teléfono», ves que son solo tonterías. En realidad, casi ninguna de esas imágenes la has tomado para que dure, pero tampoco la borras. Y luego tenemos esas acumulaciones de información de las que se benefician las empresas porque, en un momento dado, te dicen: «Ya no te queda espacio de almacenamiento, paga un poquito más». En eso hay una raíz que tiene que ver con la experiencia humana. Tenemos miedo a la pérdida en general, a la pérdida en su sentido más profundo, y eso se manifiesta en muchas de nuestras acciones. Entonces, guardas las cosas porque piensas que algún día te van a servir, porque tienes miedo de olvidarte o porque tienes miedo de que se olviden de ti. Pero hay algo que no nos dicen. Yo he trabajado en un archivo y es más fácil mantener vivo un documento en papel durante siglos que un archivo digital. Muchos usuarios se han sorprendido al ver que archivos que habían guardado en una carpeta o un Drive están corruptos, porque la información digital se tiene que migrar continuamente de un dispositivo a otro, de un software a otro. Simplemente almacenamos pensando que va a estar allí, pero probablemente no.
Además, la memoria siempre ha sido algo colectivo. Yo me acuerdo de cosas que me ocurrieron de pequeña no porque yo las recuerde directamente, sino porque me las han contado mi familia o mis amigos. La memoria siempre es una negociación colectiva. En cambio, estos dispositivos nos hacen pensar que la memoria es algo individual que podemos externalizar en máquinas, pero eso degrada incluso lo que entendemos por memoria y conocimiento. Ahora pensamos que todo el conocimiento está en ChatGPT, pero siempre va a seleccionar ciertas cosas.
Además, la IA te hace ganar tiempo porque te da una respuesta concreta muy rápido. Pero antes, cuando investigabas sin ella, podías dar con otros hallazgos más interesantes que no estabas buscando precisamente. Eso era lo lindo de perderse en una biblioteca.
¡Me encanta que lo digas! Porque yo les digo a mis alumnos que, cuando les pido que lean un texto y lo resumen con ChatGPT, el problema es que a mí no me interesa tanto el argumento principal del texto como esa tontería que se encuentran en una página y que, sin ser el argumento central, los interpela, les mueve algo y se les queda. Y eso se lo pierden si el resumen se lo hace la máquina. Y a mí lo que me interesa es que encuentren eso que no estaban buscando. Eso es lo más bonito.
Se ha hablado mucho de algunos centros de datos que, por ejemplo, para aplacar su impacto, reutilizan el calor residual de los servidores para calefaccionar viviendas. ¿Cuál dirías que es la frontera entre la economía circular y lo que se ha llamado lavado verde de la computación?
Bueno, mucho es lavado verde, porque por mucho que reutilicemos el calor, el calor ya es un residuo de la industria. O sea, nos están vendiendo su mierda. Para que ocurra ese calor residual ya se han consumido millones de litros de agua y grandes cantidades de energía. Lo que tendríamos que hacer es diseñar para que eso no ocurriera, pero las compañías dicen: «No, nosotros seguimos consumiendo como si nada y luego os damos este calor para que lo uséis en lo que queráis». Muchos colegas míos, arquitectos, piensan que ahora tienes que diseñar la ciudad alrededor del centro de datos, pero es un problema porque esta es una compañía privada en manos de muy pocas personas y tú estás generando una ciudad que responde a los intereses y los beneficios de una corporación privada. Hay una investigadora, Julia Velkova, que ha estudiado mucho esta práctica en los países nórdicos, donde comenzó a aplicarse. Por ejemplo, una ciudad de Finlandia impulsó un proyecto en el que un centro de datos proporcionaba calefacción a viviendas. Pero ese centro no tenía suficientes clientes y se fue a otro lugar o redujo sus operaciones, mientras las viviendas seguían necesitando calefacción. Entonces, hay que tener cuidado con esas formas de dependencia.

¿Y cómo sería para ti un centro de datos en condiciones ideales?
Tendría que ser una infraestructura pública y comunitaria. Hay muchas ciudades que han considerado demasiado elevados los precios de la electricidad y han decidido producir su propia electricidad con placas solares. Pero esa energía no va a las grandes compañías de electricidad, sino que todos los ciudadanos se convierten en parte de una cooperativa y pueden usarla pagando menos e incluso vender una parte. Los centros de datos tendrían que ser algo así, algo mucho más cooperativo, porque al final están funcionando gracias al conocimiento colectivo. Es todo lo que hemos construido como sociedad lo que ha entrenado a estas inteligencias artificiales. Los datos de los que se benefician son nuestros, entonces los beneficios deberían ser nuestros. También me imagino que estos centros de datos no tendrían por qué funcionar siempre 24 horas al día. En una ciudad hay servicios que están siempre disponibles, como los hospitales, pero no todos necesitan estarlo. Los centros de datos tendrían que ser también así, y me imagino que cada comunidad decidiría cuáles son los ritmos más apropiados. A lo mejor los viernes no se podría acceder a internet porque así se habría decidido, o si no hubiera suficiente energía renovable, funcionarían menos horas, o cuando el precio de la energía fuera demasiado alto, funcionarían más lentamente. Eso es lo que creo que sería interesante: una gestión mucho más en sintonía con las necesidades del planeta y de las poblaciones humanas y no humanas.
También se ha hablado de almacenar datos en ADN. ¿Qué piensas de eso?
No me parece necesariamente malo; es una posibilidad para un determinado problema. Antes la tecnología para codificar y decodificar ADN era carísima, pero ahora hay científicos que van con un aparatito, toman una muestra y pueden leer el ADN. Se ha hecho mucho más barato. Hay mucha información fría que ocupa mucho espacio físico y digital, y todo eso cabe en un disco con una molécula de ADN. Y, encima, no necesita climatización ni energía y dura durante muchos años. Lo mejor de todo es que el ADN es parte nuestra: siempre nos va a interesar poder codificarlo y decodificarlo, siempre habrá aparatos de lectura de ADN. Entonces, es una posibilidad de almacenamiento para el futuro: muy densa, de bajo consumo de recursos y viable a largo plazo. Estuvo muy en auge cuando el problema era el almacenamiento masivo de datos; ahora la inteligencia artificial es otro monstruo porque necesita servidores para entrenar modelos. Creo que tiene componentes éticos que hay que evaluar, pero es una posibilidad que puede funcionar bien para ciertos tipos de uso.
Luego del rol que has jugado en Chile con las comunidades de Quilicura y Cerrillos, ¿cómo ha cambiado tu visión de la arquitectura?
Siempre me ha parecido que la arquitectura es política. Siempre había tenido posiciones en instituciones que me permitían formas de hacer política a través de la arquitectura, pero es verdad que personas de acá, como Rodrigo Valladares, que me animaron a que negociara con las compañías, me abrieron un campo de trabajo nuevo. Porque yo no me dedicaba a esto: asesorar, a lo mejor, a un gobierno o trabajar con científicos haciendo prototipos alternativos. Ahora también asesoro a municipios pequeños que no tienen por qué ser expertos en centros de datos. Me contratan para que los asesore, me siente en la mesa de negociación frente a estas compañías y sus veinte ingenieros, haga las preguntas necesarias y elabore informes que los ayuden a tomar decisiones. Así que las comunidades de los alrededores de Santiago hicieron que mi trabajo y mi vida cambiaran radicalmente, y se lo agradezco. Estoy en deuda con ellas por haberme abierto una manera de trabajar diferente.
¿Y cómo ves el futuro de la inteligencia artificial con el conocimiento que tienes disponible ahora?
No tengo ni idea. Me levanto por las mañanas preocupada porque, hasta ahora, los escenarios negativos parecen mayores que los positivos. ¿Por qué voy a creer que una tecnología así va a hacernos a todos ricos o a permitirnos vivir en la abundancia cuando quienes la promueven son personas ricas que no están haciendo nada para mejorar la vida de la gente y ni siquiera pagan sus impuestos? Por otro lado, pienso que ya no hay mucha vuelta atrás. Se podría ralentizar, gobernar o pensar qué inteligencia queremos y cuál es la manera de usar esta tecnología. Pero, igual que en otras ocasiones, como con la energía nuclear, hubo momentos de incertidumbre y se hicieron tratados. La diferencia es que ahora todo el mundo tiene acceso a estas herramientas. Por eso me aferro a los centros de datos, porque siento que ahí hay un espacio de agencia para intentar hacer cambios. Cambiar cómo se diseñan y cuántos centros de datos hay es la única manera en la que me veo capaz de participar en las decisiones sobre nuestro futuro.