Con "Bemol: un concierto de invierno tardío", Angie Saiz retoma un proyecto suspendido tras un accidente cerebrovascular, transformando el ruido, la memoria y el silencio en una performance donde videoarte, poesía y experimentación sonora abren un territorio íntimo entre la pérdida, la recuperación y la subjetividad.
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Estaba programado para el 21 de noviembre de 2025: Bemol era el concierto de cierre de la exhibición de Angie Saiz en la 17ª Bienal de Artes Mediales. En esa muestra, la artista proponía un “antiarchivo” desde la extrema subjetividad, a partir de anotaciones personales y registros visuales y sonoros del lugar que hasta entonces consideraba su hogar.
Un bemol es la alteración de una nota musical. Tras un largo período de inestabilidad y errancia, la artista pensaba haber encontrado un hogar, pero, inesperadamente, a ese bemol le siguió una alteración mucho mayor, que impidió llevar a cabo el concierto. “Podríamos decir que el proyecto estaba incompleto antes de mi accidente cerebrovascular y que, si no hubiera tenido el accidente, no habría podido completarlo. Porque, si bien la vida tiene bemoles, estamos hablando de una fisura gigantesca”, explica.
La memoria biográfica ha sido un tema central dentro de la obra de Saiz. Ha estado presente en las instalaciones Reflex. Un jardín, otras cosas que atesorar (2018, Museo de Arte Contemporáneo) y Acá, lejos (2020-2024, Chile-México), así como en Tregua (2021, Galería Metropolitana) y en la obra inmersiva Tal vez mañana (2025, Capilla Montecarmelo, en las que la artista ha indagado en temas como el trauma, el limbo, la errancia y la pérdida. Son obras que combinan fotografía, video, arte sonoro, música experimental e instalación, a partir de registros propios que luego son convertidos en imágenes, sonidos y lugares nuevos.
“Mi insistencia por reunir video, imagen y música es para generar atmósferas, es decir, una experiencia para quien ve la obra más allá del marco. Tratar de desbordar el marco y que te suceda algo en todos los sentidos posibles”, cuenta Saiz. “El resultado puede parecer todo abstracto e irreal, pero lo que busco es intentar traducir la experiencia de la manera más real posible, a nivel emocional y perceptivo, sin necesariamente tener que decir de qué se trata”.
Casi siete meses después del accidente, y aún en recuperación, la artista retomó el concierto que quedó suspendido. Así nació Bemol: un concierto de invierno tardío, una performance que se presentó el 13 de junio de 2026 en Oficinas Meteoro; una pieza en la que se mezclan videoarte, poesía y experimentación musical.
“Creo mis propios sonidos digitales a partir de una especie de artesanía sonora, donde hago registros del mundo, tanto del mundo íntimo como del externo: paisajes sonoros, además de registros de voz. Luego los trabajo con diferentes ecualizaciones, intensidades y otras herramientas de manera bastante manual, hasta llegar al sonido que va a ser el insumo para la composición final”, explica Saiz sobre su proceso de experimentación musical. “En este caso, la composición tiene en parte estos samplers, que son sonidos que han sido intervenidos, acompañados o distorsionados a través del mixer. También hay melodías generadas y creadas por mí en un teclado electrónico, un Casiotone de los 80”.
Cada performance presenta sonidos mezclados en vivo, con la intención de crear atmósferas que pueden llegar a denotar condiciones incluso terapéuticas. “Hay acordes simultáneos que son melodías y música en bajas frecuencias, particularmente en la frecuencia de 432 hertz, que están dispuestas para el sueño, la relajación y la meditación”, dice Saiz. “En otro momento, la melodía tiene como base el sample de un pulso binaural de la terapia EMDR —Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares—, ahora mucho más evidente que en trabajos anteriores”.
Otras atmósferas son perturbadoras, como aquella que proviene del registro de la casona que fue su hogar hasta el año pasado. “Era una casona de madera y adobe, de 1907, que crujía muchísimo. Por un lado, Bemol habla mucho de la intimidad, pero ese lugar era muy poco íntimo o privado, porque se escuchaba todo y, particularmente, todo crujía y rechinaba. Al momento de tocar, manipulo ese sonido y lo exacerbo, de manera que termina escuchándose como un trueno, como una tempestad. Eso tiene que ver con el estado en que a mí me tenía ese ruido constante, que, en cierto sentido, también fue todo ese período de colapso y el momento del accidente que tuve”.
De su presente, la performance ha incorporado otro sonido inquietante: un registro de audio tomado en una de las muchas salas de espera que le ha tocado visitar durante estos últimos meses, en ese proceso médico, espiritual y neuroplástico a la vez.

La escritura ha tenido un rol central en el proceso creativo de Angie Saiz. Además de desarrollar bitácoras para sus obras, así como textos curatoriales que acompañan sus exhibiciones, de manera más privada ha mantenido una escritura poética que comenzó incluso antes de sus primeras incursiones en lo visual, el dibujo y la fotografía.
Junto con la performance, la artista publicó un pequeño zine desplegable con un poema en impresión riso, en una coproducción junto a la Bienal de Artes Mediales. Son versos que había escrito antes y que, como todo el proyecto Bemol, cobraron un sentido más preciso después de su accidente. “Yo creo que lo más revelador fue cuando pude leer nuevamente ese poema. Y vi que fue exageradamente predictivo de todo lo que me pasó”, explica Saiz.
Algunos de esos versos también están incluidos en la performance, dentro de la pieza de videoarte que se proyecta junto a lo sonoro. Otros se completan en el papel, en su primera publicación poética. En ella, un verso se pregunta: “¿Y si el ruido no fuera el único mensaje?”.
En Bemol: un concierto de invierno tardío, imágenes fijas y en movimiento se sobreponen, se distorsionan y cambian. Entran y salen de la figuración: por momentos, formas y sonidos son reconocibles; en otros, todo fluye hacia la abstracción. Saiz lo describe como una narración. “Hay elementos figurativos, al principio y al final, y entremedio todo es subjetividad. Todo el concierto, o todo el proyecto si se quiere, está dentro de un paréntesis que es la realidad. Ese es su marco, y todo lo que está dentro de ese marco es subjetivo”.
El concierto de Bemol terminó con estas últimas palabras de su poema, que quizás sintetizan lo que le sucedió y le sigue sucediendo: “Un día, hace muchos días, desperté y no había nada. Antes, antes de ayer, tal vez mañana, me dormí y estaba todo”.


Periodista especializada en difusión cultural y patrimonial. Es licenciada en Comunicación Social por la Universidad de Chile y magíster en Historia y Crítica de la Arquitectura, el Diseño y el Urbanismo por la Universidad de Buenos Aires. Ha trabajado en la sección de Cultura de La Tercera y en el área de comunicaciones de instituciones como el Museo de Arte Contemporáneo y la Biblioteca Nacional de Chile. Actualmente colabora de manera independiente en proyectos culturales.



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