¿Qué materialidades sostienen la inteligencia artificial? "Bajo nuestros pies: las tierras raras de la IA", de Manuela Garretón y Martín Tironi, conecta tecnología, extracción y territorio desde una investigación desarrollada en Penco. Visitamos la muestra en el Museo Chileno de Arte Precolombino y revisamos la pregunta que deja abierta: qué mundos y recursos hacen posible aquello que todavía imaginamos como “la nube”.
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Ya todos sabemos que la “nube”, con sus connotaciones inmateriales, etéreas y hasta celestiales —y, por lo tanto, inocentes y hasta románticas—, es una ilusión. La proliferación de data centers, con sus nubes contaminantes, ruido excesivo y su hambre voraz de agua y electricidad, lo ha hecho cada vez más patente. Lo que a veces falta enfatizar no son solos los efectos, sino que las materialidades utilizadas: el hecho de que la inteligencia artificial vive y se sostiene en tierras y arcillas específicas, en territorios concretos, en coyunturas históricas y en culturas determinadas. Esa es la premisa de Bajo nuestros pies: las tierras raras de la IA, la muestra de Manuela Garretón y Martín Tironi (Diseño UC / Núcleo Milenio FAIR) que se presenta hasta el 16 de agosto en la Sala Phillippi del Museo Chileno de Arte Precolombino, como parte de su programa Exploraciones Curatoriales.
La instalación es el resultado de tres años de investigación en Penco, Región del Biobío, donde se proyecta una mina de tierras raras. El recorrido, de unos catorce minutos, despliega una secuencia audiovisual que va turnándose para narrar las historias de tres tecnologías nacidas del mismo suelo: un jarro mapuche del período Pitrén, un plato willow de Lozapenco y una pantalla digital. Tres objetos distintos, cada uno nacido de una temporalidad, una cultura y un contexto distintos, pero cuya materialidad es común. La instalación va del objeto a la geología: de la pantalla al plato, del plato al jarro y, de allí, a los procesos que hicieron de Penco lo que es. Cierra con las imágenes del incendio de 2026, recordatorio de que el suelo que sostiene nuestras tecnologías es también un suelo en disputa y en riesgo.
En ese sentido, se logra articular los nodos comunes entre lo ancestral, lo industrial y lo digital para mostrar que no son historias separadas, sino interconectadas, a pesar de estar cruzadas por distintos usos, historias y representaciones. Hay una cierta tensión entre forma y contenido: una muestra sobre la materialidad de lo tecnológico usa herramientas digitales —video mapping (Nicolás Carrasco), diseño sonoro (Pablo Garretón), programación (Benjamín Benavides)— para desmontar la fantasía de la inmaterialidad. Pero es una buena noticia que los museos apuesten cada vez más por estos lenguajes. Lo medial tiene una capacidad de seducción que la vitrina y la cédula no tienen: envuelve, sumerge, despliega la información en el tiempo y en el espacio, convocando al cuerpo entero y no solo la mirada. Permite narrar procesos de maneras más dinámicas que un objeto estático y, en un museo cuyas colecciones llevan decenios quietas tras el vidrio, que las historias se muevan, suenen y ocupen la sala es una manera distinta de hacer presente la relación entre las personas y su territorio.

La experiencia, sin embargo, a ratos no acompaña. Para un recorrido de catorce minutos hay solo dos asientos y faltan instrucciones prácticas sobre dónde situarse para cada segmento. Me costó un buen rato entender que la primera sección está suspendida sobre los visitantes, justo frente a las puertas de entrada y lejos del resto del recorrido audiovisual. Esa pantalla, además, brilla con una intensidad que hace difícil sostener la mirada, y el paso abrupto de blancos casi quemados de su pantalla a imágenes oscuras en el resto del recorrido, que transcurre sobre los muros, resulta mareador. El audio rebota con eco por la sala; el material de los muros sobre los que transcurre el resto del relato tiene, a ratos, una textura que difumina los videos, y hace difícil verlos. Por último, entre un recorrido y otro no hay un momento de cierre ni una indicación que permita entradas y salidas fáciles. La invitación, en una de las señaléticas, a continuar la experiencia en un sitio web conduce a una página que parece no existir: un detalle no menor, considerando que la plataforma web figuraba entre los resultados comprometidos del proyecto que dio origen a la muestra.
Hay, además, una pregunta de marco. Garretón y Tironi se presentan como curadores y esto como una exhibición —etiqueta que el propio museo refrenda al inscribir la muestra en sus "Exploraciones Curatoriales"—, cuando lo que se despliega es más bien un recorrido pedagógico: didáctico en su estructura, expositivo en su tono, más cercano a un material de divulgación que a una experiencia estética. David Balzer diagnosticó en Curationism la expansión de la "curaduría" como etiqueta de prestigio que hoy se aplica a casi cualquier acto de selección y montaje. Pero la divulgación bien hecha, como en este caso, vale por sí misma. La insistencia en el vocabulario curatorial nos recuerda que hay jerarquías que, lamentablemente, aún ordenan a los museos: lo curatorial arriba, lo educativo abajo. Olvidamos que lo educativo no necesita disfraz: es igual de valioso que lo estético o lo curatorial y puede ser —como aquí, en sus mejores momentos— creativo, experimental, novedoso. ¿Qué pasaría si llamáramos a las cosas por su nombre y lo pedagógico pudiera lucirse como tal?
La pregunta que la muestra instala —sobre qué mundos terrestres y materiales hacen posible nuestras tecnologías, qué responsabilidades emergen de esa dependencia, quiénes sufren esa extracción y quiénes se apropian de esos recursos y paisajes— es urgente, y el Museo Precolombino es un lugar justo para hacerla. Como señaló su directora, Cecilia Puga, en la inauguración, ambas historias comienzan en un mismo lugar: la tierra. Entre objetos que llevan milenios dando testimonio de la relación entre las personas y el territorio, el recorrido de Bajo nuestros pies encuentra un lugar preciso.

Bajo nuestros pies: las tierras raras de la IA
Manuela Garretón y Martín Tironi
Sala Philippi, Museo Chileno de Arte Precolombino (Bandera 361, Santiago)
Hasta el 16 de agosto de 2026
Proyecto FONDART Nacional, línea Creación; Fondecyt N.º 1250016; Núcleo Milenio FAIR; CENIA.

Profesora e investigadora en arte contemporáneo, museos y comunidades. Abogada, con estudios en Filosofía y Estética, magíster del King's College London y doctoranda en Museum Studies en la University of Leicester. Fundadora de El Gocerio y colaboradora en medios especializados.



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