El colectivo integrado por Dian C. Guevara, Antonia Valladares y Fernanda Herrada acaba de abrir en Centro NAVE el proceso creativo de una investigación escénica que convierte la grasa en un dispositivo estético y político. La obra propone una mirada situada desde el Sur Global, donde con tecnologías análogas disputan los imaginarios hegemónicos de este material.
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En una sala del barrio Yungay, donde se mezclan cables, cámaras térmicas, micrófonos de contacto, proyectores, grasa animal y superficies translúcidas, el colectivo conformado por Dian C. Guevara, Antonia Valladares y Fernanda Herrada lleva meses intentando responder una pregunta tan simple como inabarcable: ¿qué puede decirnos la grasa —esa sustancia orgánica, un tipo de lípido, presente tanto en animales como en plantas— sobre nuestros cuerpos y sobre el mundo que habitamos?
La respuesta, o incluso el resultado, no es lo que más les importa. El proceso —la experimentación desde la práctica artística, la prueba y el error— es el motor de este colectivo que, en 2024, bajo el nombre de Sudakas Sudadas, presentó –en distintos centros culturales— Práctica de culos, una experiencia escénica donde reflexionaban acerca de los roces y goces que se producen al mover la pelvis. Ahí estuvo el germen.
Hoy desarrollan, en una residencia en Centro NAVE y gracias al programa “Artes Escénicas + Digitalidad” del Goethe-Institut, su nueva investigación: GRASA. El proyecto no parte de una idea cerrada, sino que se va construyendo mientras manipulan la materia, escuchan sus sonidos y observan cómo cambia de estado bajo distintos estímulos, permitiendo que sea la propia grasa la que proponga caminos inesperados.
“Práctica de culos emergió como una investigación de las danzas, el cuerpo y la movilidad de una zona del cuerpo y GRASA es como ir un poquito más al meollo del asunto”, dice Dian. C Guevara. “Aunque, sin duda, también nuestro interés está en seguir vinculándonos entre nosotres, seguir construyendo tanto desde lo afectivo como desde la inspiración de nuestros trabajos y particularidades”, agrega la coreógrafa y quien ejerce como intérprete corporal de la performance en escena, mientras Valladares se desempeña como diseñadora y performance sonora, y Herrada, como diseñadora y performer visual.
El pasado 24 de julio se desarrolló la apertura de proceso de GRASA, instancia en la que, durante unos 40 minutos, el colectivo mostró lo que hasta ahora han sido sus acercamientos e investigaciones en torno al material. Vestida con una especie de traje de piel animal, Guevara comenzó primero a manipular un transistor y un micrófono de contacto, que fue posando primero directamente sobre la grasa y luego manipulando sobre su propio cuerpo desnudo. Un gran plástico translúcido cubrió la parte central de la sala en NAVE y sobre él se comenzaron a proyectar una serie de conceptos relacionados con las distintas dimensiones de la grasa: tecnología, calentamiento, deslizamiento, energía, extractivismo.
Luego, las visuales proyectadas cambiaron a datos numéricos. La música se hizo más intensa, al igual que la iluminación, que pasó del amarillo al rojo intenso y, posteriormente, del azul al violeta. Desde el fondo, Guevara volvió a escena completamente desnuda, se encogió bajo unos focos desde los cuales comenzó a gotear la grasa: blanca, resbalosa, y aceitosa, fue cubriendo poco a poco todo su cuerpo. Guevara comenzó a esparcirla por todas partes más allá de sí, a moverse con ella, a frotarla contra el piso, el que en unos minutos acabó completamente lubricado. Entonces, se deslizó por el suelo, se retorció, dio vueltas sobre sí, cada vez de forma más frenética. Ya no parecía un simple cuerpo humano, era un ente grasoso que adoptó distintas formas orgánicas.

La grasa como materia de estudio —explican— no les interesa únicamente como tejido corporal. También aparece como una reserva energética, un material industrial, una categoría moral y una metáfora geopolítica. "La grasa del tercer mundo funciona para mantener los estados del primer mundo", enfatiza Guevara, sintetizando uno de los ejes que atraviesa la investigación: comprender cómo los territorios latinoamericanos han sido históricamente concebidos como reservas de energía y materias primas destinadas a sostener el bienestar del Norte Global.
Ese desplazamiento del material hacia el territorio permite que la obra dialogue con discusiones contemporáneas sobre extractivismo, colonialismo y crisis ecológica. La grasa deja de ser un elemento exclusivamente biológico para convertirse en una categoría política capaz de conectar metabolismo humano, explotación de recursos naturales y desigualdad global. El desafío del colectivo está en cómo llevar a escena esas ideas sin reproducir justamente los mismos códigos del arte contemporáneo del hemisferio norte; es decir, en cómo construir una representación situada desde el propio territorio.
Así, mientras gran parte de la producción tecnológica asociada a las artes mediales continúa fascinada por estéticas pulcras, pantallas impecables y superficies invisibles, Valladares, Guevara y Herrada trabajan en la dirección opuesta. "Hay algo que vemos mucho en los nuevos medios: una estética superclean, muy orientada hacia los grandes centros tecnológicos del Norte Global. Nosotros queremos entender la tecnología desde otros lugares y también desde tecnologías que no necesariamente son las innovadoras, sino tecnologías del cuerpo, tecnologías de la grasa", explica Valladares.
Este es, finalmente, uno de los puntos más singulares del proyecto: aunque forma parte de un programa internacional dedicado a las relaciones entre artes escénicas y digitalidad, GRASA evita la fascinación por la última tecnología. Para el grupo, la primera tecnología no es un software ni una inteligencia artificial, sino la propia grasa.
Desde allí se entiende lo visto en la apertura de proceso y cómo representan la capacidad de la grasa para lubricar, deslizar, almacenar calor, modificar la temperatura, cambiar la relación entre cuerpos y superficies o alterar la propagación del sonido, características que, además, convierten a esta materia en una tecnología ancestral. "Uno tiene que aprender a aproximarse al material entendiendo lo que el material está entregando. La grasa tiene sus propias estéticas", explica Herrada. A esa estética se suman otras herramientas destinadas a amplificarla y revelarla: cámaras termográficas que visualizan el calor corporal, proyecciones sobre superficies engrasadas que producen efectos iridiscentes, hidrófonos y micrófonos de contacto que amplifican aquello que normalmente está oculto. Aquí, la tecnología digital no ocupa un lugar de superioridad, sino que convive horizontalmente con las tecnologías materiales, químicas, sonoras y corporales.
Esa relación ética con la materia constituye otra dimensión profundamente política del proyecto y refleja, a su vez, una sensibilidad feminista y ecológica. “Siempre tengo muy presente a Elvira Espejo, una artista textil boliviana increíble que habla mucho sobre cuál es la relación colonial del arte con los objetos, entendidos como herramientas del artista, y sobre cómo establecer una diferencia. No se trata de someter el material para que sea lo que uno quiera, sino relacionarse con los tejidos o con cualquier materialidad, para que ellos te enseñen cómo debes tratarlos”, explica Herrada.
El colectivo, entonces, en lugar de imponer una forma sobre la grasa, propone escuchar sus comportamientos y aceptar su desorden, su viscosidad y su capacidad para resistirse al control, transformándola en un conocimiento situado. De alguna forma, en esa decisión hay también una crítica a los discursos contemporáneos sobre productividad, salud y belleza, que durante décadas han convertido la grasa corporal en un enemigo que debe ser erradicado. GRASA tensiona precisamente esas narrativas hegemónicas y refuerza su vínculo con la obra anterior del colectivo: Práctica de culos.
“Investigar la grasa implica desprenderse de los prejuicios que la rodean para observarla simplemente como un material escénico, del mismo modo que podrían serlo la luz, el sonido o el movimiento”, dice Guevara. La pregunta ya no consiste en cómo representar la grasa, sino en qué ocurre cuando ella misma comienza a producir relaciones entre cuerpos, tecnologías y territorios.

Antes de Práctica de culos, Guevara, Valladares y Herrada tuvieron su primera colaboración en 2022 —junto a varias otras integrantes— con Fisura, una obra derechamente de danza contemporánea, donde se cuestionan las estructuras sociales y políticas a través del ritmo, la música y el movimiento comunitario. “Nos planteamos maneras de permanecer juntas a través del consenso (...) La pregunta es cómo ser una unidad sin abandonar la singularidad”, describe la reseña oficial de la obra, que también fue coproducida por el Centro NAVE.
Ubicado en calle Libertad 430, en el barrio Yungay, NAVE es un espacio privado de experimentación y residencias artísticas, fundado en 2015, el primero de Chile dedicado exclusivamente a las artes vivas. Es allí donde investigaciones como GRASA encuentran su lugar idóneo ya que ofrecen algo bastante excepcional para el medio local: disponer de tiempo, infraestructura y acompañamiento para investigar y crear sin la necesidad forzosa de terminar en un resultado concreto.
En ese sentido, la apertura de proceso que el colectivo presentó en NAVE adquiere un significado que trasciende la simple exhibición de una obra en construcción. Para la directora del centro, la coreógrafa e investigadora Jennifer McColl, estas instancias son una forma de devolver el proceso creativo a las comunidades, permitiendo que artistas y espectadores compartan preguntas antes que resultados. Cada apertura es distinta porque responde al momento específico de cada investigación; puede consistir en una conversación, una demostración técnica, un ensayo o un conjunto de fragmentos que aún buscan su forma definitiva.
En un contexto donde la producción cultural suele estar obligada a justificar permanentemente su utilidad mediante productos terminados, abrir los procesos constituye también un gesto político. Implica defender el tiempo de la investigación, el derecho a equivocarse y la posibilidad de pensar sin la urgencia del rendimiento.
Las artistas también valoran el programa “Artes escénicas + Digitalidad” como privilegio dentro del ecosistema chileno. “Dura dos años, entonces es como hacer un magíster. Es bastante demandante al igual que enriquecedor, porque te asignan mentores, te dan tiempo para investigar y puedes elegir trabajar con la tecnología que quieras. Luego, en el segundo año, como es un programa del Goethe-Institut, tienes un viaje a Alemania. Nosotres fuimos a Dortmund, donde estuvimos compartiendo nuestros procesos con otres artistas de Uruguay, Colombia, Brasil y Bolivia, al igual que tuvimos la oportunidad de hacer redes con instituciones alemanas”, relatan las creadoras, quienes acaban de ser seleccionadas con GRASA para otra residencia técnica en Barcelona. “Es un lujo, nunca habíamos trabajado de esta forma con otra obra”, acota Guevara.

En un país donde la mayor parte de la creación escénica se realiza bajo calendarios estrechos, presupuestos reducidos y procesos que muchas veces deben resolverse en pocas semanas, NAVE ha construido durante más de una década un modelo prácticamente único en el país. "NAVE existe para que artistas tengan un espacio en el cual desarrollar sus proyectos de creación de la manera más profesional posible", afirma McColl. Esa misión ha ido ampliándose desde las artes del movimiento hacia una comprensión mucho más abierta del cuerpo, incorporando prácticas sonoras, mediales, visuales y transdisciplinares que hoy conviven bajo distintas líneas curatoriales.
Una de ellas es el programa “Desborde”, desde el cual NAVE ha impulsado durante los últimos años proyectos que exploran las relaciones entre arte y tecnología. Sin embargo, esa tecnología no aparece entendida únicamente como innovación técnica, sino como un campo de preguntas sobre el presente. Desde esa perspectiva se articula también el programa internacional de dos años “Artes Escénicas + Digitalidad”, impulsado por el Goethe-Institut junto a instituciones de cinco países latinoamericanos.
Para McColl, lo más significativo del programa no es el acceso a herramientas de última generación, sino el tipo de preguntas que las y los artistas latinoamericanos están formulando. Mientras buena parte de la producción tecnológica del hemisferio norte continúa fascinada por las posibilidades de la inteligencia artificial, la realidad virtual o la automatización, los proyectos provenientes de América Latina desplazan la discusión hacia las consecuencias políticas y ecológicas de esas tecnologías. "Las preguntas que nos estamos haciendo desde Latinoamérica tienen que ver con cómo nos afecta nuestra vida cotidiana, cómo nos afectan ecológicamente, con los recursos hídricos, con los sesgos de los sistemas de reconocimiento, con la accesibilidad al conocimiento", señala.
En ese contexto, GRASA aparece como uno de los proyectos que mejor sintetiza esa perspectiva crítica. Para McColl, la investigación del colectivo logra convertir la tecnología en una cuestión política antes que instrumental. "Son un grupo muy complementario, tienen a alguien que trabaja desde las corporalidades [Guevara], otra desde el diseño integral [Herrada] y otra desde el sonido [Valladares]. Además, el tema era muy interesante: ver la grasa no solamente como grasa corporal, sino también como almacenamiento energético y lo que implica territorialmente ser parte del almacenamiento energético del mundo", explica sobre la elección del proyecto.
“Durante nuestro viaje a Alemania pudimos ver todo el rato el contrapunto con lo que se está haciendo en Europa. El programa te lleva a valorar más las prácticas propias, a reafirmar por qué hacemos las cosas como las hacemos. Por ejemplo, tenemos la sala llena de cables, mientras que, en la estética europea están buscando siempre el streaming, que no se vean los cables”, cuenta Valladares. “Allá se sorprendían de lo mucho que hacíamos con tan poco, pero más que eso se trata de profundizar en un material. Tecnológicamente hay que romper las cosas, ensuciarse las manos", reflexiona la diseñadora sonora.


Periodista egresada de la Universidad de Santiago de Chile. Trabajó durante una década en la sección Cultura de La Tercera, donde cubrió temas de artes visuales, arquitectura y fotografía. Fue jefa de contenidos de Fundación Teatro a Mil. Hoy es subeditora de revista Palabra Pública.



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