No todo tacto es afecto

Articulo
escrito por:
Victoria Guzman

En "Afectos Extraterrestres", presentada en D21, Javier González Pesce pone en tensión gravedad, movimiento y contacto a través de máquinas, meteoritos y cuerpos en órbita. Entre el peso de lo mecánico y la ligereza del juego, la muestra parece preguntarse qué ocurre cuando acercarse no alcanza para encontrarse.

A veces pienso que toda exposición no es más que la expresión material de una picazón, una curiosidad, una obsesión que no suelta al o la artista. Búsquedas personales que, bien llevadas, ofrecen al visitante nuevas sensibilidades, perspectivas, agencias, problemáticas. 

En este caso, Afectos Extraterrestres, de Javier González Pesce, es la continuación de sus investigaciones sobre el espacio, el cuerpo, el azar, la gravedad, el movimiento. También el humor: no por nada en su obra aparecen una y otra vez partes del cuerpo de gran escala —ojos, narices, pelo, bocas—. González está en su mejor momento cuando se entrega a lo lúdico, como en “Rostro Humano” (2019), en que las temáticas de la futilidad, el descontrol, incluso de la vulnerabilidad de una persona luchando contra lo inevitable, se exploran de manera suelta, sin sobreinsitir o pontificar.

Lamentablemente Afectos Extraterrestres ofrece una mezcla confusa no solo de obras, sino también de narrativas que no logran convertirse en algo más allá de la suma de las partes. Porque no toda colección de obras hace una exposición, por mucho que todas apelen en uno u otro nivel a lo galáctico y extraterrestre. 

Porque pareciera que en D21 convivieran dos exposiciones. La primera estaría compuesta de dos máquinas de gran tamaño: imponentes, ruidosas, impenetrables en su insistencia y repetición. Una consiste en un circuito mecánico suspendido del techo, del cual cuelgan volúmenes cubiertos de pelo sintético que giran una y otra vez sobre otros volúmenes que parecen piedras, rozándolos al pasar. La otra está compuesta por una cinta transportadora que lleva pequeñas piezas metálicas que evocan estrellas. Hay una cámara y luces, una de las cuales forma un círculo brillante, amarillento y perfectamente redondo, como una luna llena.  

Estas máquinas están terminadas. Estás máquinas se anuncian como IMPORTANTES: son grandes, pesadas, hacen ruido. Están puestas a trabajar, y cumplen sus labores con la indiferencia propia de la técnica moderna. Su tamaño denota relevancia; su estética dura, recta y fría, masculinidad; su insistencia mecánica, objetividad. 

Nada de eso está mal en sí. Pero sí genera una primera sorpresa al ser comparadas con el título de la exposición y su texto a muro, que habla de caricias y contacto, de afectos. Y eso ,aquí, nada. Al contrario: en la sala persevera un desesperanzador clickety-clack de máquinas inhumanas, esas que los luditas seguramente querrían destruir. Maquinarias que venden eficiencia, progreso, precisión. Sí, hay tacto: entre pelucas y volúmenes, sobre la cinta transportadora. Pero no todo tacto es afecto. Más bien, estas esculturas autómatas hacen pensar en la imposibilidad del encuentro; en ese espacio entre los cuerpos que a veces se nos hace infinito; en la impotencia de no poder llegar a otro. La lectura aquí es de impotencia, de vacíos; de una intimidad mecanizada, distante, a pesar de la cercanía física. La frialdad de un algoritmo que te conoce, pero jamás será compañero. Si tuviera que nombrar un afecto, sería esos remanentes del pasado —ecos, fantasmas— que permanecen en órbita a pesar de estar dados de baja emocionalmente.

La imponencia de esas máquinas, sin embargo, se desinfla con el humor que se cuela en otras obras que parecen pertenecer a una exposición paralela. La única maquinaria aquí —una obra en que un meteorito parece hablarnos moviendo ojos y boca caricaturescos— podría ser un meme (en el mejor sentido de la palabra). Se le suma un video en que una luna impresa en 2D sale a dar un paseo “orbitando” una isla; un juego de espejos con copias de piedras lunares; manos de amigos y amigas que ayudan a realizar la idea de González de mandar una piedra a pasear por el mundo. 

Vistas de instalación, Afecto Extraterrestre, Javier González Pesce, 2026. Cortesía de la galería.

Esta sección se parece más a un ensayo: a ese momento en que todavía se están masticando las ideas y exhibirlas es una manera de repensarlas, darles otra vuelta. Aquí sí hay afectos: en la risa a la que llama el meteorito gesticulante, en las manos de amistades, en un montaje sencillo y poco pretencioso. Acá desaparece la gravedad, no sólo en su significado físico, sino también en el sentido de la gravedad densa de las “grandes preguntas”. Aparece el artista como alguien que se dedica al juego: a armar y desarmar, cuestionar y representar. 

Sobre estas dos exposiciones paralelas se instala una tercera capa: la narrativa que artista y galería han tejido para intentar reunirlas. Pero el texto, entre pedagógico y filosófico, termina ahogando el juego y el humor, sin generar un diálogo tampoco con las máquinas. Es algo que lamentablemente suele pasar en el mundo del arte: una obsesión con la palabra, la narrativa, la explicación. Como si lo que correspondiera fuera “vender” lo que se muestra sobreinflándolo. Y eso, muchas veces, lleva a frases absurdas y afirmaciones rimbombantes. 

Según el comunicado de D21, por ejemplo, la exposición “nos enfrenta a un universo que opera con relaciones e interacciones permanentes”. ¿No podría eso referirse a, literalmente, cualquier exposición? Lo primero que siento/pienso es que el afuera terrestre del que vengo me enfrenta de manera mucho más brutal que cualquier exposición a esa experiencia de interacciones constantes: la micro con sus cuerpos apretados, la bicicleta buscando un recorrido entre autos, peatones y semáforos. Y para rematar, esta joya: “Desde esta perspectiva, la exposición nos demuestra que el espacio exterior es un entorno dinámico donde toda materia escultórica permanece en constante afectación a través de procesos físicos y experiencias vitales”. ¿Sí? ¿Realmente demuestra eso? La frase está al límite de lo incomprensible: una manera enredada de decir “todo se transforma” —o véase también: International Art English, descrito por Alix Rule y David Levine en 2012. 

Vistas de instalación, Afecto Extraterrestre, Javier González Pesce, 2026. Cortesía de la galería.

Nos encontramos ante una exposición cuyo texto de muro dice una cosa; unas máquinas que están en lo suyo; y con un grupo de obras que dialogan un poco entre ellas, pero no con lo demás. Esas brechas y fricciones terminan generando incomodidad, quizás más por torpeza de la curaduría y el texto que por las obras en sí. El efecto termina siendo alienante. 

Hay una escena que, quizás, resume el problema de la exposición. El meteorito parlante habla y habla, pero el ruido de las pelucas en órbita no permite entender lo que dice. ¿Es a propósito? ¿Tal vez un comentario sobre la imposibilidad de entender lo extraterrestre, aquello que existe más allá de nosotros? ¿Un intento por apuntar al ruido constante que no nos permite prestar atención a lo que de verdad importa? ¿O solo una torpeza del montaje? Imposible saberlo. Y una tiene que poder entrar por algún lado. 

Creo que esa reacción de desafecto y extrañeza no era la respuesta buscada por una exposición sobre afectos y conexiones. No basta un título, un texto. La sensación es la de una feria de arte en alguna capital anónima: estar mirando un pegoteo de cosas obligadas a convivir bajo un título común. No se trata de algo meramente narrativo, sino también sensible y de percepción: la exposición no logra tocar al visitante. Extrañé aquí la primacía de la guata sobre la neurona; un juego más instintivo que rompa, quizás, con la idea de lo que “debe” ser una exposición en D21. Solo quedaba subir una ceja y seguir.

Vistas de instalación, Afecto Extraterrestre, Javier González Pesce, 2026. Cortesía de la galería.
Autor

Victoria Guzman

Profesora e investigadora en arte contemporáneo, museos y comunidades. Abogada, con estudios en Filosofía y Estética, magíster del King's College London y doctoranda en Museum Studies en la University of Leicester. Fundadora de El Gocerio y colaboradora en medios especializados.

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