A través de máquinas, estructuras y dispositivos que invitan a la participación del público, María Ignacia Valdebenito y Aylén Ayala exploran las posibilidades y tensiones de la creación colectiva. En "Todo cae por su propio peso", ambas artistas ponen en diálogo el juego, la confianza y las cargas físicas y afectivas que atraviesan nuestra experiencia de lo común. Organizada por Galería Cripta en colaboración con Territorio CEA, la exposición puede visitarse hasta el 11 de noviembre en Esmeralda 636, comuna de Santiago.
De una u otra forma, con el paso de los años, comenzamos a perder de vista el valor de ese acuerdo tácito –un tanto inocente– que surge a través de las dinámicas del juego y el intercambio, en esos momentos en que cada quien aportaba algo de sí para construir un mundo común. Frente a ese olvido, estas dinámicas reaparecen de tanto en tanto, especialmente cuando construimos comunidad; es entonces cuando amplían su sentido y nos permiten volver a conectar con una disposición compartida a imaginar y creer juntos en aquello que todavía no existe.
En esa disposición, que busca ser el remedio contra el silencio y el individualismo, podemos reconocer los mecanismos que estructuran el trabajo de María Ignacia Valdebenito y Aylén Ayala, dos jóvenes artistas que presentan “Todo cae por su propio peso”, una exposición bipersonal con curaduría de Agustina Margotta, organizada por Galería Cripta en colaboración con Territorio CEA. La muestra recibió recientemente el Premio a la Mejor Exposición en SAFA (Santiago Festival de las Artes), organizado por la Fundación Antenna.
La exhibición, inaugurada el 10 de octubre en Esmeralda 636, propone un detallado recorrido por las diversas líneas e intereses de trabajo de ambas artistas, que da cuenta de la fuerte amistad que han cultivado durante los últimos años y reúne obras que ellas mismas consideran como algunos de los pasos más importantes de sus trayectorias.
A través de aproximadamente 15 obras –digo “aproximadamente” porque existen múltiples conexiones y porque muchas de ellas pueden funcionar como piezas autónomas–, se evidencia la estrecha relación que existe entre sus procesos artísticos y la acción colectiva, ambos inevitablemente adheridos con las reflexiones y resultados de sus proyectos. Una cuestión que han tensionado hasta el punto en que resulta difícil establecer un límite entre dichas intervenciones y procesos, especialmente si tenemos en cuenta que la mayoría de sus proyectos adquieren su forma definitiva mediante la acción de terceros, quienes activan las obras (en el caso de Ayala) o las ensamblan (en el caso de Valdebenito). En ambos casos, el público aporta –según cada obra– algo de sí para completar aquel mundo común que nace del imaginario de las artistas.
De esta forma, nos encontramos con piezas activadas por sonido, luz, fuerza y movimiento, en las que prima el uso de materiales de construcción: madera, tubos de PVC y metal junto a otros objetos que nos acercan a un imaginario simple y cotidiano, como ampolletas, mangueras de jardín, materiales recolectados, algunos cachivaches, el tubo de una aspiradora y un manubrio de bicicleta. Estos elementos contrastan con el peso de estructuras metálicas de gran formato.
Las piezas dialogan activamente entre sí y hacen visible de manera constante la relación entre “el cuerpo que hace, el material y el cuerpo que mira”, a través de máquinas que convierten la exposición en una experiencia de juego en la que “las artistas activan y restringen el paso, generando un recorrido en donde el cuerpo debe adaptarse para poder observar”. A su vez, estas obras ponen a prueba la idea –y la promesa– de comunidad, evidenciando la posibilidad de construir una obra en conjunto, pero, al mismo tiempo, exponiendo el peso –físico y mental– que la promesa de “colaboración” deposita sobre quienes realmente la sostienen.
Pensar que el dolor puede justificarse cuando existe un bien mayor, perseguir ideas, perseguir sueños, perseguir aquello que alguna vez nos dijeron que debíamos perseguir. Confiar, confiar en que existe un respaldo capaz de garantizar nuestro bienestar, confiar en que aquellos que debían estar lo harán de forma incondicional y volver a confiar, confiar en que siempre habrá alguien dispuesto a sostener el cielo si algún día decide que nos quiere aplastar.
El trabajo de Ayala conecta con un universo expiatorio, difícil de traducir en palabras, donde el peso del metal, el peso de la piedra, la poesía de Mistral, las jaulas, el proceso de trenzado y la palabra MADRE grabada en tinta sobre la piel construyen un relato sobre el dolor que atraviesa la mente y los cuerpos de quienes alguna vez confiaron en la existencia de una garantía implícita en el hecho de vivir en sociedad: “Levantaré sobre mis hombros cansados aquellas pesadas puertas para que te mires una vez más. Nos damos la espalda, nos sumergimos como aquel que se convirtió en flor”.
Y es cierto: así lo anticipa la primera de las obras que encontramos al ingresar en la sala de exhibición de “Sumar a veces Resta” (2025). Esta especie de fuerte metálico, compuesto por cuatro puertas móviles y construido completamente por Ayala, parte de la premisa según la cual cada una de sus puertas debe ser levantada por terceros para permitir el acceso de los espectadores a su interior. La acción parece sencilla: mientras cuatro personas sostienen las puertas (cada una ubicada en una de las caras laterales de la estructura), otras cuatro ingresan para encontrarse con su propia imagen en los visores con espejos dispuestos en las esquinas del interior de la obra.
Es casi un juego organizado a partir de una instrucción compartida, pero basta detenerse un momento en la distribución de los cuerpos para advertir que la experiencia de unos depende directamente del esfuerzo de otros: mientras algunos sostienen todo el peso de la estructura, los demás encuentran la posibilidad de ingresar solo para contemplar su propio reflejo. Una forma de fe ciega que reaparece en “Madre” (2022), un proyecto en el que diez personas son invitadas a tatuarse esta palabra en la espalda –una parte del cuerpo fundamental para las reflexiones de Ayala–; experiencia que decanta en un video que documenta el proceso, al que se suma el registro fotográfico de una acción performativa realizada posteriormente frente a La Moneda, que también cuestiona la idea de la “madre patria”.
A su vez, en obras como “Hogar Conforma” (2024) y “Estado de Calvario” (2023), Ayala recorre las nociones de carga, colectividad, encierro y fe. En el primer caso, lo hace a través de cuerpos que son obligados a convivir en un pequeño habitáculo, apretados y presionados por el metal. En el segundo, aparece otro tipo de carga, que recae sobre el cuerpo de la propia artista, esta vez determinada por una piedra que decide sostener sobre su espalda mientras se escucha a una mujer de aproximadamente sesenta años recitar la Oración al Cristo del Calvario, de Gabriela Mistral.
Existen diversos ejercicios y gestos que nos ayudan a reconectar con una experiencia que, de una u otra forma, permanece latente en nuestra memoria y se activa cuando volvemos a encontrarnos con los materiales y las acciones que dan forma a un proyecto colectivo. Se trata de ese breve momento en el que la ya consolidada idea de productividad pareciera pausarse y pequeñas experiencias como caminar, observar y reflexionar nos ayudan a reformular nuestra relación con el mundo.
Estas experiencias nos llevan a preguntarnos por las relaciones que predominan en nuestro entorno, por cómo nos vinculamos con otros, cómo nos relacionamos con –y a través de– las máquinas y, sobre todo, por aquellos mecanismos que podrían ayudarnos a encontrar nuevas posibilidades de trabajar juntos, pero juntos de verdad.
En ese espacio que reúne múltiples posibilidades para ejercer la colaboración, encontramos las obras de Valdebenito, que revelan una búsqueda constante por ampliar y tensionar la agencia del espectador a través de estructuras coloridas, simbología, dibujos, litografías, diagramas de estudio, planificación y procesos de armado, que transforman los mecanismos de construcción de las obras en una experiencia compartida. Una experiencia que se construye a partir de un lenguaje propio, en el que la artista desarrolla nomenclaturas particulares para dar cuenta de su proceso creativo. Desde el arte objetual electrónico hasta el arte objetual instructivo, ha desarrollado una serie de composiciones que toman forma a partir de materiales recolectados, encontrados y reciclados para explorar los mecanismos en que estos pueden vincularse con lo tecnológico.
En este sentido, la artista propone un trabajo a contracorriente: mientras el mundo gira en torno a la tecnología de punta, ella parte de lo primario para rescatar aquellas materialidades que quedaron obsoletas, reconfigurarlas y crear sus propias máquinas, las cuales invitan al espectador a ser parte de la obra, pero ya no como observador sino como quien la construye y ensambla. Así, a través de un lenguaje divertido, irónico y, al mismo tiempo, cercano y claro, la artista ha sabido moverse por distintos tipos de objetos y montajes en los que se reúnen la precariedad y el objeto de museo, una especie de montaje del desecho, impecablemente pensado.
Sin embargo, en esta exhibición, parte de ese trabajo ha dado un giro que abre una nueva línea de investigación dentro de su práctica artística. Así, encontramos la pieza “Manual de construcción” (2023), una obra objetual electrónica compuesta por seis ampolletas, madera, metal y otros materiales de construcción, concebida para ser elaborada y reelaborarada indefinidamente mediante un proceso de ensamblaje por quienes visitan la muestra, tal como ocurrió en exhibiciones anteriores. No obstante, en esta ocasión, la pieza permanece, por ahora, exhibida dentro de su caja y se transforma en una suerte de reliquia que establece nuevas reglas de lectura y de relación con el espectador.
Mientras tanto, la obra “Cómo armar una máquina en 10 pasos” (2025), anteriormente exhibida y ensamblada por el público durante una muestra realizada a fines de 2025 en MAC de Parque Forestal, está compuesta por tres máquinas sensibles a la luz, a la temperatura y al movimiento, respectivamente. En la exposición actual, la obra permanece exhibida según la disposición escogida por la artista. Este cambio en la dinámica, que anteriormente erigía las obras desde lo colectivo y que ahora se convierte en un montaje previamente definido, modifica las posibilidades de intervención del espectador y delimita los espacios por los que este puede transitar.
Al recorrer la exposición, podemos advertir las diversas capas que unen el trabajo de ambas artistas, quienes comparten una aproximación a las artes visuales desde la construcción, elaborando por sí mismas las piezas que componen la muestra y proponiendo distintas formas de participación que transforman el espacio expositivo en un lugar de creación colectiva. Un ejercicio que ambas desarrollan a través de experiencias que involucran directamente al público en la configuración y el funcionamiento de sus obras, aunque desde cargas afectivas muy distintas, algo que se refleja tanto en las materialidades como en los conceptos que atraviesan sus respectivos procesos creativos.
Por una parte, en el trabajo de Ayala, estas tensiones se expresan a través del peso que recae sobre los cuerpos y las marcas que quedan en la piel de quienes participan; por otra, en el de Valdebenito, mediante la entrega desinteresada de tiempo, trabajo y disposición para colaborar en la construcción de un objetivo particular; de modo que, en ambos casos, aparece una tensión compartida en torno al esfuerzo que sostiene estas experiencias y la ausencia de una retribución monetaria para quienes participan en ellas.
Desde esta perspectiva, “Todo cae por su propio peso” encuentra en el arte y el juego un campo de experimentación que deja al descubierto cuestiones mucho más profundas sobre las relaciones, acuerdos y promesas que establecemos con otros, donde hablar de participación colectiva no significa necesariamente hablar de una distribución equitativa de las responsabilidades. De hecho, basta con detenerse en la disposición de los cuerpos en algunas de estas obras para reconocer que aquel acuerdo tácito puede encubrir, en realidad, un reparto de las cargas profundamente desigual.
Vivimos en un presente en el que “el tiempo es escaso y el ritmo acelerado”; frente a ello, las obras que componen esta exhibición plantean, de manera abierta y política, preguntas sobre quiénes deciden, quiénes participan y quiénes sostienen aquello que construimos, así como sobre las responsabilidades que asumimos al formar parte de lo que alguien más ha imaginado. Por ello, la invitación es a detenernos, a revisar nuestras propias experiencias de trabajo colectivo, a recuperar nuestra disposición a vincularnos con otros y a reconocernos como parte de una comunidad. Quizás sea desde esa revisión que podamos reencontrarnos con experiencias que trascienden el horizonte de la productividad y sus exigencias para volver, finalmente, a involucrarnos como sociedad.
Agustina Margotta, Todo cae por su propio peso. Texto curatorial, Galería Cripta, 2026.