El cineasta, quien se hizo conocido en redes sociales por su animaciones de memes y virales pintados al óleo, usa la técnica de la rotoscopia análoga como una forma de reivindicar el error, la lentitud del proceso y el trabajo colaborativo. Mientras desarrolla proyectos internacionales y prepara su próximo cortometraje, tres espacios —la Biblioteca de Santiago, Arrayán Espacio en barrio Brasil, y Espacio Londres— exhiben sus obras simultáneamente hasta el 30 de septiembre.
No es el primer pintor que nace después de sufrir un accidente. Conocida es la trágica circunstancia que vivió la mexicana Frida Kahlo cuando, en 1925, el autobús en el que viajaba chocó contra un tranvía, fracturándose la columna y la pierna derecha, además de ser atravesada por un pasamanos de hierro a la altura de la pelvis. Pasó meses postrada, usando un corsé de yeso, y sufrió dolores de por vida. Sin embargo, fue en ese momento que comenzó a pintar intensamente autorretratos en los que plasmó su dolor físico y emocional, que, a la larga, marcaron para siempre su vida y su obra.
El famoso pintor postimpresionista Henri de Toulouse-Lautrec también enfrentó una adolescencia accidentada y encontró refugio en la pintura. Luego de fracturarse ambos fémures, una enfermedad ósea que afectaba su desarrollo hizo que su crecimiento se detuviera definitivamente. Dejó la actividad física y se dedicó a dibujar y pintar, convirtiéndose en el gran cronista visual de la vida nocturna de París. Y también está el artista polaco Zdzisław Beksiński, de quien se contaba que, luego de un accidente que lo dejó en coma durante meses, despertó con visiones de mundos abominables y oscuros que comenzó a plasmar obsesivamente en sus telas.
Se podría decir —guardando las proporciones— que el cineasta local Matías López (San Felipe, 1995) es uno de ellos. Hace tres años, luego de terminar un taller de animación con rotoscopia análoga junto a la dupla de Cristóbal León y Joaquín Cociña, salieron a jugar un partido de fútbol a modo de despedida. No llevaban ni dos minutos en la cancha cuando una patada rival, pero accidental, fue directo al tobillo de López, provocándole una fractura que lo tuvo cuatro meses en cama. “Se me salió el pie completamente, fue un dolor terrible, me pusieron ocho fierros y lo pasé pésimo”, recuerda el artista. Sin embargo, fue en esas condiciones cuando se puso a pintar de forma constante. “Justo antes de quebrarme había estado trabajando en un cortometraje con la técnica de rotoscopia y se me ocurrió experimentar incorporando el óleo. Pronto vino la idea de hacerlo con memes chilenos”, cuenta.
Así comenzó a pintar extractos de algunos de los videos virales que en el último tiempo han hecho furor en la cultura popular chilena, como el de “El Tarro”, “Luli demanda”, “Felo enojado”, “Blanquita se está quemando”, entre otros, que fue subiendo a su cuenta de Instagram @matatatatatatat. “La verdad es que conscientemente buscaba más visibilidad, estaba impedido de salir y desesperado por hacer plata y encontrar trabajo, entonces pensé en qué es lo que le gusta más a la gente y llegué a los memes. Me resultó muy rápido: en la primera semana de esas primeras rotoscopias ya tenía 15 mil seguidores nuevos y me llenaban de mensajes de buena onda”, cuenta.
López comenzó entonces a buscar colaboraciones en proyectos que le llamaban la atención, como el videoclip Pink Floyd de Young Beef, Cookie Soul y Pablo Chill-E, bajo la dirección de Tomás Alzamora (Denominación de origen), a quien le escribió directamente ofreciéndole participar con algunas intervenciones de rotoscopia al oléo. Luego llegaron otras invitaciones, como la que le hizo Francisco Schultz, de la productora Aplaplac, quien lo invitó a participar de la exposición Museo 31, del programa de títeres 31 minutos, donde expuso videos en rotoscopia y una pintura. La muestra no solo estuvo en Santiago, también viajó durante dos años por México.
Pero el gran salto internacional vino con un inesperado mensaje de Instagram. El director y guionista estadounidense de cine independiente Harmony Korine, conocido por transgresoras películas como Gummo, Kids y Trash Humpers, le escribió directamente alabando su trabajo y proponiéndole trabajar con él. “Me mandó una selfie y me dice ‘Quiero trabajar contigo, quiero ayudarte’, muy motivado. Para mí él ya era un ídolo máximo, me encanta su cine hace demasiados años. No me lo podía creer”, cuenta.
Finalmente, López terminó trabajando en una pieza promocional para la última película de Korine, Baby Invasion, un thriller experimental estructurado como si fuese un videojuego de disparos en primera persona, sobre un grupo de mafiosos con caras de bebés, hechas con IA, que allanan viviendas, saquean y asesinan. “Lo que me contaba su equipo de producción es que se habían metido a robar a la casa de su mejor amigo en Miami y que, cuando habían pillado a los ladrones, Korine los había agarrado y les había dicho: ‘Oigan, hagamos una película’. Todo lo que hace Korine siempre es muy bizarro, loquísimo”, cuenta el cineasta.

Antes de entrar a estudiar cine en la Academia La Toma —una pequeña escuela ubicada en Providencia y dirigida por Paulina Costa y Roberto Baeza—, López cursó un año de arquitectura. “Siempre quise estudiar arte, pero mi familia me aconsejó que no lo hiciera por lo difícil que es ganar plata. En Arquitectura me fue pésimo, así que decidí hacer un taller donde conocí al director de fotografía Rafael Millán, quien me motivó mucho a seguir estudiando cine. Pero yo seguía pegado con el arte. Mi sueño comenzó a ser estudiar pintura en Francia, entonces empecé a tomar clases de francés. Allí conocí al director de cine experimental Martín Baus y él fue quien me empezó a recomendar muchas películas francesas, como las de Leo Carax [Los amantes del Point-Neuf, Holy Motors], que me volaron la cabeza”, cuenta López.
Durante ese primer año estudiando cine, se ganó una beca Santander para continuar sus estudios en la Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya (ESCAC), en Barcelona. Se quedó cuatro años allá y, aunque eso lo terminó convirtiendo en cineasta, lo alejó por bastante tiempo de la pintura. Hasta que volvió a Chile.
“Trabajé en cualquier cosa al volver. Sacaba fotos en eventos y me dediqué a tatuar, hasta que un amigo me recomendó acercarme al taller de Cristóbal y Joaquín y quedé fascinado con el trabajo de ellos”, dice López. Los directores de La casa lobo (2018) y Los hiperbóreos (2024) son conocidos por combinar dibujo, pintura, escultura, fotografía y performance para crear universos artesanales donde los escenarios y los materiales se transforman constantemente a través de la técnica del stop motion. Fue allí donde López se acercó de nuevo a la rotoscopia análoga. “En Barcelona había hecho un par de pruebas, pero me lo tomaba como algo demasiado perfeccionista y no me sentía cómodo; me entrampaba solo. En cambio, Cristóbal me mostró que el error, la imperfección, era justamente la gracia de esa técnica y empecé a pasarla bien”, cuenta el animador.
La rotoscopia es una técnica de animación que utiliza imágenes previamente filmadas como guía para reproducir el movimiento cuadro a cuadro. En la versión análoga de López, imprime los fotogramas de los videos y los interviene uno por uno con óleo —para animar un segundo debe pintar 12 imágenes—, para luego escanearlos y volver a ensamblarlos en secuencia. Es entonces cuando la magia sucede. A pesar de que trabaja con videos muy diversos, en su mayoría humorísticos, por algún motivo el resultado siempre es un poco perturbador y grotesco. Pero no resulta tan extraño cuando uno conoce sus dibujos y pinturas: la mayoría son rostros que tienen otros rostros dentro, o personas y ojos que van saliendo de las mejillas, la frente y el mentón, dibujados con trazos finos que van detallando a la perfección arrugas, surcos, y pelos.
Ahora, varias de sus obras pueden verse simultáneamente en tres exposiciones distintas, abiertas hasta el 30 de septiembre. En Utopía retorcida, la muestra en Arrayán Espacio (Compañía de Jesús 2077, Barrio Brasil), las obras de memes intervenidos de López comparten espacio con las de León&Cociña, Niles Atallah y Felipe Elgueta; en Espacio Londres (Londres 55, para visitas hay que escribir al correo garquerosparra@gmail.com) se exhibe la muestra colectiva Más acá del bastidor: identidad chilena, que reúne también obras de Josefina O’Ryan, Andrés Jacome y Juan Espejo, con curaduría de Gabriel Arqueros. Mientras que en la Sala de Artes Mediales de la Biblioteca de Santiago, se puede ver su cortometraje Amarre (2024), realizado con la producción de Cristóbal León y Diluvio, y que se ha exhibido en certámenes como Fic Valdivia, Cut Out, el Concurso Juan Downey, Cinelatino Toulouse, Animasivo y Chilemonos.
En él, López narra un mundo consumido en la oscuridad, en la que una interferencia fantasmal muestra la historias de dos almas que, en un último acto de amor, realizan un conjuro para convertirse en una vela que desafía la penumbra infinita.
“Uno de mis grandes referentes es una pareja de músicos y artistas estadounidenses, pioneros de la música industrial de los 70 y cultores del esoterismo, Genesis P-Orridge y Lady Jaye. Ellos crearon la pandroginia, un concepto que consisten en un amor extremo que hace que dos personas se unan para crear a un tercero, que en el fondo eran ellos dos juntos. Se sometieron a varias cirugías para ser idénticos. Esa historia fue, en parte, la inspiración de Amarre”, cuenta López sobre la pareja de artistas —ambos ya fallecidos— que buscó romper el binarismo de género y la individualidad, y que también es una fuerte inspiración para el movimiento LGTBIQ+.
Actualmente, López es parte de la comunidad de Casa Fósfora, espacio inaugurado este año por el director Niles Atallah (Animal Paradoxa, Merrimundi), en una antigua casa de barrio Bellavista, donde circulan directores, artistas, fotógrafos, animadores, y que espera convertirse en un semillero de la escena audiovisual independiente chilena.
Por estos días, López está concentrado especialmente en dos proyectos. Un metraje animado australiano, dirigido por Jack Zimmerman y Cameron Farnham —y protagonizado por el actor Guy Pearce (Memento)— basado en los diarios reales del abuelo de Farnham, quien trabajó en el primer centro que trataba el SIDA en la ciudad de Sidney. “Relata la crisis del SIDA que hubo en los 80 y 90 en Australia, donde murió mucha gente, además del estigma que tenían que enfrentar por lo poco que se conocía aún la enfermedad. En la historia primero muere su sobrino; luego, su pareja y finalmente él también”, cuenta López, quien ya abandonó los memes y virales hechos con rotoscopia. “Hace como dos años que no hago uno, la gente me los sigue pidiendo, pero yo ya pasé a otra cosa”.
Ahora mismo está trabajando en un cortometraje de 10 minutos en el que también deja de lado el óleo para experimentar con una nueva ocurrencia: fotografiar cuadro a cuadro gotas de agua sobre una pantalla LED, utilizando los colores que se producen por el mismo efecto del líquido sobre las fotoceldas. “Me gusta que el resultado se vea tecnológico sin serlo realmente”, dice López, quien narra la historia de un hombre que se digitaliza para volver a vivir su vida en el pasado. “Quiero hablar del futuro, de lo inmediato, de estos tiempos”, agrega.
Tu trabajo de rotoscopia análoga apareció justo en un momento en que la inteligencia artificial está transformando la producción de imágenes. ¿Cómo te relacionas con ella?
Tengo sentimientos encontrados. En mi trabajo prácticamente no uso IA. No me gustaría generar un motor que pinte por mí. Para el cortometraje de 10 minutos que estoy haciendo necesito pintar unos 7.000 cuadros y prefiero hacerlos yo mismo. Me gusta pintar y me gusta pasarlo bien haciéndolo. Podría usar IA para otras cosas, por ejemplo, generar una base y después pintar encima, pero todavía no lo he hecho. Lo que me interesa es que la técnica siga siendo mía. He visto un par de comerciales que están hechos con IA emulando la técnica de la rotoscopia con pintura, como uno de Mercedes-Benz, y siento que igual se nota y, además, pierde todo el sentido. Jamás haría eso, la verdad. También me pasa que la gente muchas veces piensa que mis animaciones son IA. Tuve que poner “No es IA” en la lectura de los videos porque me lo preguntaban todo el tiempo.
¿Crees que esta moda de la rotoscopia tiene que ver con una resistencia justamente a estos tiempos acelerados en los que vivimos?
Sí. Me sorprende ahora cómo los niños ven los videos acelerados y escuchan también los audios más rápido. Es muy loco cómo todos quieren acelerar el tiempo. Creo que ahora es más revolucionario que nunca hacer las cosas despacio y con las manos. La rotoscopia está de moda, sí, pero también es divertido hacer algo tú mismo cuando te están vendiendo un futuro donde supuestamente no vamos a hacer nada.
¿Qué lugar ocupa el trabajo colectivo, considerando que tu trabajo parece bastante solitario?
Lo que pasa es que no me interesa tanto el cine no animado. Trabajé en varios rodajes enormes, como de 40 personas, y los tiempos eran una locura; era todo bien intenso. Entonces prefiero los grupos pequeños. Para mis cortos estoy trabajando igual con ayudantes. Me gusta eso de sentarme con amigos, cuatro personas en una sala, escuchando música y pintando. Me gustaría mucho seguir trabajando con Niles, con quien colaboré en Merrimundi, y con Cristóbal y Joaquín, con quienes acabo de participar en su película Hansel y Gretel. El espacio de Fósfora es maravilloso porque es super comunitario, es como una familia. Cada cierto tiempo hacemos pitch entre nosotros, donde cada uno cuenta su idea y los demás le hacen comentarios. Es súper colaborativo. Aprendo muchísimo viendo lo que hacen los demás: escultura en madera, fotografía análoga, fotogrametría. Estar rodeado de gente con intereses similares te va alimentando y te hace crecer; aprendo infinito con todo lo que veo a diario.
