A propósito de Ecosistemas en armonía, el nuevo disco de Valentina Villarroel Ambiado y próximo lanzamiento de Tsonami Records, este artículo reflexiona sobre el silencio, la escucha y las formas en que un cuerpo en movimiento puede revelar aquello que un paisaje mantiene fuera de nuestro primer plano.
Hace unos meses leí una entrevista en la que Juana Molina hablaba sobre el silencio. Allí decía: “El silencio no es que no haya nada. Al contrario: pasan miles de cosas. Es que no haya nada de fondo. Que haya mutismo total. No sé si alguna vez te pasó en la playa, pero a mí las olas me aturden mucho. Y de repente, por algún motivo, hay un microsegundo de silencio. Ese microsegundo me resetea. Después vuelven las olas, claro, pero ese instante es clave. El silencio te permite percibir lo que está pasando alrededor tuyo”.
Recordé esta entrevista mientras escuchaba Ecosistemas en armonía, de Valentina Villarroel Ambiado, una investigación sonora realizada desde la escucha profunda del cerro Caracol, en Concepción, y financiada por el Fondo para el Fomento de la Música Nacional, en la Línea de Registro Fonográfico. El proyecto se materializa hoy en un vinilo de edición limitada, publicado por Tsonami Records, sello discográfico de Tsonami Arte Sonoro. Las personas que vivimos en ciudades solemos decir que nunca hay silencio. Siempre hay una vibración de fondo, capas de sonidos que, cuando prestamos atención, incluso podemos definir y separar. Pero cuando cambia el entorno, cuando salimos de la ciudad, subimos a un cerro o entramos a un bosque, pensamos en el silencio. En que lo encontramos, por fin. Que habitamos una ausencia. Valentina me hizo pensar en lo equivocados que estamos al concebirlo así. Quizás sí hay una ausencia, pero es la de un tipo de sonido que cambia a medida que nos movemos, que nos alejamos de un lugar y entramos en otro. No sé cuántas veces nos detenemos a pensar que lo que escuchamos depende también, en gran medida, del movimiento de nuestros cuerpos.
A través de caminatas y del uso de microfonía experimental, ella demuestra que el silencio es también presencia. La imagino caminando por el cerro, mirando los diferentes tipos de verde que aparecen gracias a la luz y la sombra y, mientras escucho este disco, los árboles, los bichos y toda la vida que se sostiene en el cerro Caracol adquieren otra forma: una que no conozco, pero que descubro aquí. Su trabajo no solo me hace pensar en todo aquello que frecuentemente ignoro, en lo que para mí es desconocido, sino que también me permite imaginar lo que sí conozco, pero de otras formas.
Pienso en que este es un archivo que Valentina podría crear mil veces y que sería diferente cada una de ellas, porque la vida en el cerro nunca es exactamente la misma, ni ella tampoco lo es. Los sonidos que capte dependerán de la época del año, de la hora del día, de la ruta que decida tomar, de los animales que la observen —o no— desde lejos. También dependerán de qué tan activo o cansado esté su cuerpo, del lugar hacia el que decida mirar, de la velocidad con la que camine. El archivo no registra solamente un lugar: registra también una forma de recorrerlo. Frente a un paisaje que insistimos en reducir a lo visible, este trabajo me hace pensar en que hay otras formas de conocer un lugar y que, quizás, la más simple de todas empiece por callarse una y activar el oído.
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“La audición es el único sentido humano que no se puede desconectar voluntariamente de su entorno y es algo que me ha parecido siempre tan fascinante, que hasta lo convertí en una parte esencial de mi oficio”, escribí hace un tiempo, cuando pensé en los aviones que durante unos días sobrevolaron Santiago a baja altura. Mi oficio es escribir sobre música y entrevistar personas. Por eso he pensado mucho en la diferencia entre oír y escuchar. Oír es algo que nuestro cuerpo hace de forma automática, mientras que escuchar es algo voluntario. Es una decisión; es también una disposición del cuerpo y de la mente. Juana Molina decía en otra entrevista que no le gustaba la música de fondo. La desesperaba. Si escuchaba música, prefería que esta inundara el lugar. Pienso en que quizás yo también quiera escucharla, no simplemente oírla.
Recordar esto me llevó a pensar en algo que leí hace un tiempo en el libro Deep Listening, de la compositora Pauline Oliveros: "Los animales escuchan profundamente. Cuando ingresas en un ambiente donde hay pájaros, insectos u otra especie de animales, estos te escuchan de forma total. Te reciben. Tu presencia puede significar la vida o la muerte para las criaturas de ese ambiente. ¡La escucha es supervivencia! Los seres humanos tenemos ideas. Las ideas conducen la conciencia hacia nuevas percepciones y perspectivas. Los sonidos transportan inteligencia. Ideas, sentimientos y memorias son activados por los sonidos. Si tu consciencia de los sonidos es demasiado reducida, probablemente perdiste conexión con tu entorno. La vida urbana frecuentemente genera una conciencia reducida y la desconexión. Demasiada información llega al córtex auditivo o la rutina ha reducido la escucha solamente hacia lo que parece valioso e incumbe a quien escucha. Todo lo demás es desintonizado o descartado como basura”.
Y concluí que quizás tanto Juana como los animales escuchan por supervivencia: completamente presentes, sin dejar que aquello que los rodea se convierta solo en fondo.
¿Sabías que en Ecosistemas en armonía podemos escuchar a las abejas? Me parece hermosa, como imagen, la idea de que la vibración de un enjambre, algo tan chiquitito, se oiga tan poderosa como para hacernos pensar en el mundo. Luego me pregunto: ¿acaso no es siempre así? En lo pequeño y lo cotidiano se sostiene la densidad de todo lo que somos y de todo lo que nos rodea.
Valentina me hizo pensar que escuchar nunca es un acto neutro. Escuchar supone decidir qué tenemos en primer plano y qué es lo que permanece en el fondo. Qué preservamos y qué dejamos desaparecer. Escuchar es nuestra primera decisión.
Y vuelvo a Juana Molina y lo que dice sobre las olas. A ese microsegundo de silencio del que hablaba, el que la reseteaba entre una ola y la siguiente. Ecosistemas en armonía propone algo que se emparenta con esa experiencia, pero quizás de forma inversa. Valentina no busca aquí, en el silencio, una pausa entre los sonidos que nos rodean, sino que nos muestra todas esas capas, como un universo de sonidos que todavía no hemos aprendido a escuchar. Quizás ese sea el gesto más radical de su proyecto: demostrar que aquello que llamábamos silencio es, en realidad, todo lo que aún no hemos aprendido a oír.

Ecosistemas en armonía
Valentina Villarroel Ambiado
Año: 2026
Edición: Tsonami Records
Formato: vinilo de edición limitada
Duración: 22 minutos 33 segundos
Dónde encontrarlo
Próximamente en Tsonami Records y directamente con la artista, vía inbox en Instagram: @valentinavillarroelambiado.