Entre las partículas estudiadas en el CERN y los cielos observados desde Atacama, Arts at CERN ha impulsado un espacio de intercambio entre científicos y artistas. De visita en Chile, su directora, Giulia Bini, conversa sobre esa relación, las experiencias de creadoras chilenas en estas residencias y los desafíos que plantea la inteligencia artificial para el arte y la sociedad.
En 1972, un estrafalario visitante alteró las rigurosas rutinas de investigación dentro del CERN. Vestido con un traje blanco impecable, sombrero y gafas de sol doradas, James Lee Byars recorrió las instalaciones del laboratorio europeo de física de partículas como si hubiera entrado en un escenario. El artista conceptual estadounidense había llegado para pasar varias semanas explorando las instalaciones y dialogando con destacados científicos, especialmente con John Bell, el destacado físico teórico norirlandés que, en 1964, había formulado el famoso teorema de Bell, poniendo en cuestión una convicción central de Einstein sobre el entrelazamiento cuántico: que esos extraños vínculos entre partículas debían poder explicarse mediante causas locales aún desconocidas y, por tanto, mediante una descripción más completa de la realidad.
La relación entre ambos se convirtió en uno de los episodios más singulares de aquella visita. Mientras Bell cuestionaba una de las ideas más arraigadas sobre la naturaleza de la realidad, Byars, desde el arte, estaba obsesionado con temas similares: la belleza de lo invisible, los límites de la lógica y el valor de la duda. En el CERN, el artista se fascinó con el hecho de que los físicos intentaran demostrar la existencia de partículas que nadie podía observar directamente, sino solo a través de las huellas que dejaban en los experimentos. Para él, esa búsqueda era una obra de arte conceptual a una escala gigantesca.
Durante su estadía, Byars propuso que los investigadores dedicaran tiempo a discutir “preguntas puras”, sin una utilidad práctica, cuestión que Bell respaldó y otros rechazaron rotundamente, lo que generó cierta tensión dentro de la institución. Finalmente, en septiembre de ese año, la visita de Byars quedó inmortalizada en la portada de CERN Courier, la revista científica del laboratorio. En la fotografía aparece él frente a la torre de agua del CERN, vestido de blanco y como pie de foto se lee: “Uno de los visitantes que trajo algo de color a los pasillos del CERN”. Décadas después, un ejemplar de la revista fue parte de la retrospectiva de Byars en el MoMA PS1, al ser considerado por los historiadores del arte como una de las grandes obras conceptuales del artista.
Cuarenta años después, en 2012, la institución se decidió a crear Arts at CERN, el programa que formalizó la relación y el intercambio entre artistas y científicos y que reconoce como uno de sus primeros antecedentes históricos la visita de Byars. Hoy, el programa es uno de los más prestigiosos del mundo y desarrolla residencias, comisiones y encuentros que permiten el diálogo entre investigadores del laboratorio y creadores de todo el mundo. La premisa conserva algo de la intuición inicial de Byars: no se trata de que el arte explique la ciencia o al revés, sino de generar un espacio donde ambos puedan hacerse preguntas sin respuestas para alterar sus respectivas formas de mirar.

En los últimos años, Chile se ha convertido en un socio especialmente idóneo para esa conversación, gracias a que en el desierto de Atacama —que cuenta con cielos extremadamente secos, estables y libres de contaminación lumínica—se encuentran una de las mayores concentraciones de infraestructura astronómica del mundo. Allí operan el European Southern Observatory (ESO), organización internacional dedicada a la astronomía desde tierra, y ALMA (Atacama Large Millimeter/submillimeter Array), uno de los observatorios más avanzados para estudiar el universo en longitudes de onda milimétricas y submilimétricas.
Así, mientras CERN busca comprender la estructura más elemental de la materia mediante la física de partículas, los observatorios de Atacama permiten mirar en dirección opuesta: hacia las estrellas, las galaxias, las nubes de gas y polvo y los procesos que dan forma al universo. Son escalas diferentes de una misma búsqueda por comprender de qué está hecho el mundo y cómo llegó a ser lo que es.
“Visitar San Pedro de Atacama y conocer ALMA fue una experiencia magnífica y poderosa”, dice la filósofa, curadora y gestora cultural italiana Giulia Bini, quien en mayo de 2025 asumió como directora de Arts at CERN, tras una década de liderazgo de la española Mónica Bello. Bini estuvo en Chile a fines de julio, invitada por el Museo Interactivo Mirador y Pro Helvetia South America, y realizó en Santiago, en el Centro de Cultura Científica Copernicus, ubicado en el Cerro San Cristóbal, la charla Arte, ciencia y residencias internacionales, donde reflexionó sobre cómo la creación artística puede dialogar con la investigación científica y qué impacto puede tener este diálogo a nivel internacional.
“Visitar el norte de Chile me permitió entender las increíbles posibilidades que tienen los artistas residentes de pasar tiempo en ALMA, debatir con científicos de aquí y luego pasar tiempo en CERN para su investigación. Creo que es una posibilidad increíble, una oportunidad verdaderamente única, quedé profundamente impresionada. Es uno de los sitios científicos y naturales más increíbles que he tenido la posibilidad de visitar en mi vida”, dijo la curadora.
En octubre 2018, CERN, Alma, ESO y la Corporación Chilena de Video (CChV) impulsaron el programa de residencias Simetría, que permitió que artistas seleccionados de Chile y Suiza realizaran estadías cruzadas de intercambio entre el laboratorio de física de partículas y los radiotelescopios y observatorios del norte chileno.
Al año siguiente, la artista chilena Nicole L’Huillier y el suizo Alan Bogana fueron los primeros en participar, mientras que en 2022 y 2023 fue el turno de Patricia Domínguez y Chloé Delarue. Más tarde, el intercambio continuó bajo Connect, un programa impulsado por Arts at CERN y Pro Helvetia que, en su edición chilena, contó con la colaboración del Museo Interactivo Mirador (MIM) y la Delegación de la Unión Europea en Chile. En esta nueva etapa participaron la artista chilena Marcela Moraga y la suiza Dominique Koch.
En términos generales, en las obras de las artistas chilenas las preguntas provenientes de la física, la astronomía y la investigación científica se han encontrado con el sonido (L’Huillier); las plantas, los rituales y la tecnología (Domínguez); y el orden binario entre naturaleza y cultura (Moraga).

“Todas las artistas chilenas que pasaron por el CERN aportaron una perspectiva única, cruzando la física cuántica con el pensamiento ecológico y feminista, y contribuyendo con un ángulo muy específico al programa Arts at CERN. A su vez, tanto Nicole L'Huillier como Patricia Domínguez viajaron globalmente luego de estas obras, por lo que la residencia pareció ser un momento muy enriquecedor en sus carreras, en el que tanto la experiencia en ALMA y ESO como en el CERN fueron clave para abrir un nuevo capítulo en su trabajo”, explica la curadora. Y continúa: “Por otro lado, los y las artistas de Suiza que participaron en el programa tuvieron el privilegio de explorar las organizaciones científicas y la cultura chilena, como ALMA, y aportaron obras de arte magníficas. Es el caso de Dominique Koch, quien trabajó la idea del universo como una entidad inteligente animada por frecuencias y vibraciones y se interesó profundamente en cómo las estrellas moribundas generan moléculas esenciales para nuestra existencia; y de Chloé Delarue, quien exploró cómo la recopilación extrema de datos físicos altera la percepción humana de la realidad”.
En muchos sentidos, la idea de unir arte y ciencia no es nueva. En el pasado, durante el Renacimiento, por ejemplo, los científicos solían ser también artistas. Entonces, ¿por qué crees que están volviendo a unirse ahora, en un momento en que el mundo se siente más complejo y cambiante que nunca? ¿Y qué crees que aporta la ciencia al arte y el arte a la ciencia?
Creo que el cambio fundamental ahora es precisamente un cambio en nuestra sociedad, donde la ciencia y la tecnología desempeñan y tienen un rol cada vez más importante. Un arte que quiera responder a la complejidad de nuestro tiempo debe abrazar e implementar también la investigación científica, así como, por supuesto, el desarrollo tecnológico. En un momento en el que, con el desarrollo de la inteligencia artificial, nos estamos cuestionando la verdad de lo que vemos, la ciencia responsable tiene un rol fundamental para que seamos capaces de responder a la complejidad de nuestro tiempo.
En ese sentido, me gusta hablar de los artistas como "sismógrafos", porque pueden sentir el tiempo, pueden entender cuáles son las urgencias de nuestra época mejor que nadie y, al mismo tiempo, los científicos pueden ayudar a cimentar las ideas visionarias de los artistas en una investigación real que responda a los aspectos científicos de lo que está sucediendo en nuestro mundo y en nuestra sociedad. Creo que hoy en día tenemos que ver nuestro mundo desde una perspectiva de 360 grados, lo que también llamamos una perspectiva transdisciplinaria. La confluencia entre la práctica artística y la investigación científica es lo que necesitamos para entender el mundo en toda su complejidad.
El poema de la fábrica cósmica, de Nicole L’Huillier. Performance experimental realizada en el marco de la Residencia Simetría (CERN, ALMA y ESO), en espacios donde lo natural y lo tecnológico convergen. La obra reúne grabaciones y sesiones de escucha desarrolladas en el detector ALICE del LHC, en el CERN (Suiza), y en los observatorios ALMA y Paranal, en el desierto de Atacama.
Frente a ese escenario, ¿cuál es tu perspectiva sobre el acelerado avance de la IA y sobre el hecho de que cada vez se está volviendo más inevitable usarla, al mismo tiempo que su uso nos hace desconfiar de todo lo que vemos y creemos?
Definitivamente, creo que nos estamos enfrentando a la inteligencia artificial de muchas maneras, tanto en el campo científico como en el artístico. La IA es una herramienta; por otro lado, también tiene un impacto exponencial en nuestra sociedad. Hablamos mucho de la IA tanto en términos ambientales como laborales. Está destinada probablemente a sustituir a los humanos en algunas funciones, así que, en ese sentido, considero fundamental que las instituciones científicas asuman el discurso sobre la IA, precisamente para fijar términos éticos de cómo funciona, pero también términos legales, y que podamos empezar a apropiarnos de una tecnología que a veces parece apropiarse de nosotros.
Así que, sin duda, es algo que va a traer un gran cambio en nuestra sociedad. En la práctica artística me gusta hablar de la IA en términos de cocreación: es una herramienta que puede estar al servicio del artista y potenciar o aumentar las posibilidades que tiene. Pero, de nuevo, cuando digo cocreación me refiero a un contexto en el que la tecnología es parte del proceso de creación; no es el punto final ni el único aspecto de una obra de arte.
Si no queremos ser usados por la IA, ¿qué tipo de herramientas críticas o formas de pensar necesitamos para mantener nuestra autonomía?
A nivel global estamos tratando de entender la tecnología y también cómo cada país puede apropiarse de la IA y construir modelos basados en estrategias más claras. Se trata de ser conscientes de la tecnología. Cuando aparece, tiende a ser una tecnología disruptiva, pero ahora que ya estamos en ella tenemos que ser conscientes del discurso y ser usuarios críticos.
Al mismo tiempo, creo que los gobiernos, las instituciones científicas y las instituciones de investigación deberían empezar a debatir sobre la IA para tener enfoques más críticos y consensuados. También somos cada vez más conscientes del impacto ambiental de la tecnología, que se está convirtiendo en un aspecto muy importante que debemos abordar cuidadosamente, tanto desde la investigación y las instituciones científicas como desde la política.
El arte y la ciencia son formas esenciales para que la sociedad imagine futuros posibles. ¿Cómo ha aportado el programa Arts at CERN a esta misión en su historia?
Creo que es importante hablar de la plataforma en sí misma. Es realmente excepcional. Es una plataforma creada de manera pionera por una de las instituciones científicas más importantes del mundo. Permite a científicos y artistas trabajar juntos e imaginar, de forma muy desprejuiciada y adelantada, posibles caminos hacia el futuro, pensando en las grandes preguntas científicas de la humanidad y que se exploran en CERN: el origen del universo, lo desconocido, la cuestión del caos... Cuando hablamos de una escala tan grande y de este panorama general, nos vemos obligados a reinterrogar nuestro mundo y nuestra realidad desde esta perspectiva e imaginar un futuro común mejor.

Y, desde esa perspectiva, ¿cómo el programa Art at CERN y la investigación científica en general se enfrentan al avance de la ultraderecha en el mundo, que defiende ideas como el negacionismo del cambio climático, el antifeminismo y otras formas de pensamiento anticientífico?
En general, CERN es una organización científica internacional y tiene un sistema de Estados miembros que va más allá de la política nacional. En ese sentido, Arts at CERN es un programa considerado valioso dentro de la organización, con un rol muy importante, por lo que no hay una interferencia política directa en una organización que está más enfocada en la investigación científica.
Dicho esto, creo que la ciencia hoy juega un rol fundamental, al igual que el arte, a la hora de informar y analizar nuestra realidad. Por lo tanto, es fundamental que los gobiernos sigan apoyando este campo, que está al servicio del futuro de nuestra sociedad. Es necesario abordar la ciencia, el arte y la tecnología como ámbitos muy importantes que necesitan apoyo nacional, porque sabemos que nuestro futuro está en manos de los científicos, los artistas y la tecnología que está presente en nuestra sociedad.
En tu experiencia en CERN y en tus trabajos anteriores, ¿cómo ves la evolución del rol del curador? ¿Sigue siendo principalmente organizar exposiciones o se trata cada vez más de crear las condiciones para nuevas formas de investigación?
Antes de Art at Cern estuve varios años en el Instituto Federal Suizo de Tecnología en Lausana (EPFL) y, antes, en el Centre d'Art Contemporain de Ginebra. En general, creo que aunque seguimos teniendo un rol curatorial centrado en el estudio y la cercanía con el artista, el rol de los curadores en este campo cambiante de arte, tecnología y ciencia es el de activadores y facilitadores de plataformas que permitan estos intercambios, mediar en el discurso y ser compañeros de viaje, mano a mano con artistas y científicos.
Veo mi rol como una facilitadora, pero también siento la responsabilidad de crear la plataforma para que ocurra este intercambio y de acompañar el trabajo de los artistas en el desarrollo de proyectos relevantes. Las obras de arte son los momentos tangibles que podemos compartir con nuestra comunidad científica y artística. Son el lugar donde estos intercambios y diálogos se vuelven tangibles; ese es el valor del trabajo artístico y por eso el trabajo curatorial sigue siendo tan importante.

Créditos foto portada: ESO/José Francisco Salgado (josefrancisco.org)