Por
Denisse Espinoza
Entrevista

La exposición "Para algunas caídas no existe la gravedad" reúne en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos una serie de videos realizados por David Lamelas e Hildegarde Duane entre fines de los años setenta y comienzos de los noventa. Sus obras pioneras —concebidas en el contexto del videoarte californiano y exhibidas por primera vez en Chile— anticiparon la era de la posverdad, las redes sociales y los nuevos liderazgos autoritarios.

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Hubo un momento en California en que la televisión dejó de pertenecer exclusivamente a las cadenas televisivas. Ocurrió a fines de los años setenta, cuando la expansión del cable abrió una grieta inesperada dentro de los medios de comunicación y algunos artistas comprendieron que las cámaras podían utilizarse no solo para reproducir la realidad, sino también para desmontarla.

Fue una verdadera revolución mediática y contracultural. Impulsados por los movimientos sociales de la época —antiguerra, feminista y derechos civiles—, los artistas decidieron arrebatarle el monopolio de las pantallas a las grandes corporaciones de televisión comercial, utilizando las nuevas leyes federales de telecomunicaciones de Estados Unidos.

Así, en el Long Beach Museum of Art de Los Ángeles, el joven curador David Ross impulsó uno de los programas de videoarte más importantes del país. El museo compró equipamiento, habilitó salas de edición y puso cámaras a disposición de los artistas de manera gratuita. También desarrolló estrategias de distribución mediante televisión por cable que llegaba gratis a todos los hogares de Estados Unidos.

De pronto, artistas, performers y creadores conceptuales podían producir imágenes propias y hacerlas circular por fuera de los medios tradicionales. El museo se convirtió en un laboratorio de producción, una especie de plataforma colectiva varias décadas antes de internet.

"Antes de esto no había manera de que alguien viera tu trabajo, a menos de que fueras a un museo o una galería. Cuando llegó el cable gratuito fue mucho más como YouTube”, recuerda Hildegarde Duane (Los Ángeles, 1950), una de las artistas del proyecto y a quien Ross pondría en contacto con el artista argentino David Lamelas (Buenos Aires, 1946). Juntos se transformarían en una de las duplas más singulares del videoarte norteamericano.

Si hoy se les pregunta qué aportó cada uno al trabajo conjunto, responden con humor. “Yo traje la belleza y ella la inteligencia”, dice Lamelas. “No, yo traje el glamour y él lo exótico”, arremete Duane. Lo cierto es que Lamelas venía del conceptualismo y de una preocupación constante por los medios de comunicación, mientras que Duane había trabajado dentro de la industria comercial de Hollywood, lo que le permitió fácilmente subvertir los códigos de belleza, éxito y poder que por esos años se manejaban.

Por estos días están otra vez reunidos, repasando su historia, por primera vez en Chile, en la exposición Para algunas caídas no existe la gravedad, que acaba de inaugurarse en el Museo de Memoria y los Derechos Humanos. Curada por Paula Solimano, la muestra reúne cinco piezas audiovisuales en las que usan la ironía y la sátira para diseccionar la construcción del poder y la autoridad que levantan los medios de comunicación. Varias son parte de la colección de instituciones como el MoMa de Nueva York, la Tate Modern de Londres, el Museo Reina Sofía de Madrid y el Centro Pompidou de París.

La exposición en Chile coincide además, con la gran retrospectiva de David Lamelas —organizada en colaboración con el Instituto de Estudios Latinoamericanos de Arte (ISLAA) y curada por Humberto Moros— que se inauguró en marzo en Nueva York: The Machine, que reúne pinturas, dibujos, esculturas, performances arquitectónicas y, por supuesto, sus películas. 

Según Solimano, Para algunas caídas no existe la gravedad surge de una preocupación actual. "Hace años veníamos hablando de la posverdad y de la necesidad de hacernos cargo de la especulación, la ficción y la sospecha sobre los archivos. Son fenómenos que tocan directamente el corazón de este museo”, explica.

Ese vínculo entre verdad y representación atraviesa todas las obras expuestas. El recorrido parte fuera de la sala con The Hand (1976), creada en solitario por Lamelas durante su estancia en el Nova Scotia College of Art and Design, en Canadá. La obra es un precedente de lo que sería posteriormente su trabajo con Duane. Allí, el argentino hace una parodia de los programas de noticia y talk-shows de la televisión estadounidense, en la que una ficticia estrella rock en declive —acusada ahora de traficar armas para un supuesto ataque terrorista—, es entrevistada por una periodista inspirada en la presentadora Barbara Walthers, quien entrevistó a Nixon durante el escándalo Watergate. El programa de entrevistas de Lamelas vuelve constantemente al tema del entretenimiento versus la política: ¿pueden o deben las figuras públicas ejercer su influencia?

El dictador como personaje mediático

Al medio de la sala se proyecta The Dictator (1978), probablemente la pieza más conocida de la dupla, en la que un supuesto coronel latinoamericano llamado Ricardo García Pérez concede una entrevista televisiva. Interpretado por Lamelas, el personaje habla con total tranquilidad sobre represión, violencia y abuso de poder, mientras que la periodista que lo entrevista —encarnada por Duane— oscila entre la seducción, la ingenuidad y la ironía.

"La idea no era hacer a un dictador particular, sino mostrar a una persona que llega al poder a través del abuso, y de eso conozco bastante por donde vengo", dice Lamelas, quien pertenece a una familia que también sufrió los embates de la dictadura argentina, con un tío directo que fue desaparecido.

En The Dictator, el personaje parece reunir rasgos de diversos autoritarismos: Franco, las dictaduras latinoamericanas, los militares del Cono Sur y también de las figuras mediáticas de Hollywood. "Yo ya trabajaba con medios de información masivos, pero cuando llegué a Los Ángeles, lo que más me impresionó fue cómo la información se convirtió en espectáculo", afirma el artista.

“Por mi lado, yo también tenía mi propia obra que era muy política y feminista”, afirma Duane. “Mi interés era interpretar a una mujer tan fuerte como puede ser un hombre; la idea era contraponer esas ideologías”.

La televisión aparece aquí como una máquina de legitimación. El encuadre transforma cualquier discurso en verdad. Solimano observa, además, una dimensión de género presente en la obra. "Ellos trabajan con los arquetipos del dictador, de la periodista, pero también con estereotipos sociales mucho más amplios. El personaje culpa constantemente a las mujeres de sus propias tragedias”.

“Hoy la televisión domina mucho más que antes. Lo que hicimos en los 70 fue solo el principio de lo que es el mundo hoy. Y ahora, con las redes sociales, todo es mucho más extremo. No voy a dar nombres, pero hoy vemos a estos mismos personajes en el poder, mucho más seguros de sí mismos, mucho más abruptos e impúdicos”, afirma Lamelas. “Lo interesante ahora es que también todos tienen posibilidad de tener una versión pública de sí mismos a través de las redes sociales. Todo el mundo hace lo que nosotros hicimos con sus teléfonos”, agrega.

Hildegarde Duane y David Lamelas, The Dictator Return, 1984.

Al reverso del video The Dictator, se proyecta la continuación de 1984, The Dictator Return, en el que aparece el mismo Ricardo García Pérez, ahora exiliado en California, quien se ha reinventado como una celebridad y un empresario de gimnasios, cuestionando cómo los medios de comunicación transforman el poder y la política en un producto de consumo. En una parte del video, el exdictador se abre la camisa y muestra las camisetas de su negocio de spa que él mismo imprime. Las camisetas son reales y las imprimía el propio Lamelas, lo que demuestra el cruce que también viven los creadores entre arte y vida.

“Creamos unos personajes de nosotros mismos, ponemos nuestra personalidad en ellos, pero también canalizamos otras cosas, otras sensaciones, otros momentos, otras actitudes. Somos siempre nosotros mismos, pero no tanto: es real, pero también es ficción”, cuenta Duane.

Así se ve en el video Manila Run de 1994, donde aparecen Ferdinand e Imelda Marcos. El lujo, el exceso y la teatralidad del poder filipino se reconstruyen mediante textos reales extraídos de publicaciones de la época, que luego se reorganizan de una manera ficticia, mostrando cómo funciona la realidad a modo de sátira.

El humor es crucial en el trabajo de Lamelas y Duane, pero no se trata de usar fórmulas fáciles ni chistes que detonen carcajadas. Es, más bien, una ironía sutil que despierta la sospecha y la incomodidad sobre la situación que están representando. “David es muy bueno para el chiste rápido, es ocurrente. A mí me gusta más usar la ironía: revelar cosas sin saber que se las estás revelando, presentar las contradicciones, pero de una manera agradable, con seducción”, sostiene Duane.

En Smart People (1991), Lamelas y Duane son dos personas indigentes de origen latinoamericano que hurgan en la basura en Los Ángeles, recordando con ironía sus días de gloria en el poder. El video juega con la ambigüedad de que podrían ser el expresidente derrocado de la ficticia República de Santa Ana, García Pérez, y su esposa. 

Sin embargo el dictador siempre sobrevive después de la caída. Regresa convertido en empresario, comerciante y celebridad. La derrota no lo destruye. “El título de la muestra alude a eso”, dice Solimano. "Es la caída de las figuras de poder que nunca realmente caen a pesar de la gravedad de los hechos".

En tiempos de Trump, Putin, Milei o Bukele, las obras adquieren una resonancia inesperada. La política global parece haber adoptado precisamente aquello que estos artistas detectaron hace casi medio siglo: la necesidad de las figuras autoritarias de producir personajes con un carisma televisivo, populista, que justifique su actuar en el mundo.

Hildegarde Duane observándose en la proyección de la obra Manila Run (1994)

¿Cómo fue la recepción del público a su obra en ese momento?
David Lamelas (DL)
: La gente no estaba muy interesada. Los Ángeles nunca fue muy político y mucha gente no entendía lo que hacíamos y tampoco les interesaba lidiar o entenderlo.
Hildegarde Duane (HD): En Nueva York fue diferente, mucho más político y más receptivo. Mostramos en el Whitney Museum y también en el MoMa casi al mismo tiempo.

¿Sienten que ha cambiado la política, el poder a lo que mostraban en sus videos de entonces?
DL:
No creo. La premisa es la misma; los detalles son diferentes. Creo que ha empeorado. El poder se concentró aún más en los últimos años. En los 60, en mi generación, había más apertura, había una esperanza para la gente joven, una utopía. El futuro para nosotros era infinito, más brillante. No como ahora, que la gente joven no sé a qué aspira, la verdad. Es un momento muy difícil para tener esperanza. Pero creo que todo va a mejorar, eventualmente, porque soy un optimista.

En ese sentido, y tal como lo hicieron ustedes, ¿creen que el arte está contribuyendo a enfrentar y desmontar el poder?
HD:
El mundo del arte sigue adelante, avanza y es mucho más poderoso que antes. El arte es una industria, pero también es más inclusivo, más interracial. En ese momento, el mundo del arte era muy blanco. Las culturas distintas las ponían aparte, en galerías y museos especializados; ahora está todo mucho más mezclado.
DL: No creo que el arte sea solamente para desmontar el poder o destapar la verdad. Creo que el arte busca la belleza y la plenitud del mundo también. Pero sí, es cierto que en nuestro caso había una conciencia política y social, y en ese sentido es interesante estar exhibiendo por primera vez en un Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Nunca se nos había invitado a un lugar así ni siquiera en Argentina, donde también tenemos museos de memoria. Una de las premisas de estos museos es que buscan establecer qué es verdad y qué es mentira, y eso es lo que básicamente tratamos de hacer en nuestro trabajo.

Hildegarde Duane y David Lamelas, Manila Run, 1994.
Escrito por

Denisse Espinoza

Periodista egresada de la Universidad de Santiago de Chile. Trabajó durante una década en la sección Cultura de La Tercera, donde cubrió temas de artes visuales, arquitectura y fotografía. Fue jefa de contenidos de Fundación Teatro a Mil. Hoy es subeditora de revista Palabra Pública.

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